En Ante la ley, parábola que Franz Kafka incluyó en El proceso, un hombre del campo llega a las puertas de la Ley, que un temible guardián custodia celosamente. El guarda le impide la entrada, pero se hace evidente que las puertas siempre están abiertas de par en par. Las puertas de la Ley, como las del Averno, están abiertas día y noche (0.8).
Cuando el guardián se hace a un lado el hombre del campo se inclina para atisbar al interior.
—Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero ten en cuenta: soy poderoso. Y soy tan sólo el más inferior de los porteros. Sin embargo, de sala a sala hay porteros, uno más poderoso que el otro. Ni siquiera yo puedo soportar la visión del tercero.1
Si bien el campesino piensa que la ley debería ser para todos, duda y no atraviesa el umbral de la puerta abierta. El guarda le da un banquillo y el hombre pasa días y años esperando que le dejen entrar. Envejece y ya al borde de la muerte, con la vista y el oído débiles, se le ocurre preguntarle al guardián:
—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley—, dice el hombre—, ¿cómo es que en todos estos años nadie excepto yo ha pedido que le dejen entrar?2
El guarda le contesta que la puerta abierta solo estaba destinada para él y ahora que está a punto de morir se cerrará definitivamente.
Sobre esta parábola el filósofo y político Massimo Cacciari pregunta:
¿Cómo podemos esperar “abrir” si la puerta ya está abierta? ¿Cómo podemos esperar entrar en lo abierto? En lo abierto se está, las cosas se ofrecen, no se entra… Sólo podemos entrar allí donde podemos abrir. Lo ya abierto inmoviliza […] El campesino no puede entrar, porque entrar en lo ya abierto es ontológicamente imposible.3
Del mismo modo que el campesino no puede “entrar” a la Ley, a lo que ya está abierto, nosotros no podemos “salir” del locus terribilis ¿pues como podría salirse de un lugar donde, por definición, no se puede “estar”? Ambas, la puerta abierta de la Ley y el lugar terrible, son zonas de indistinción entre dos estados. El campesino de la parábola y nosotros hemos quedado paralizados en un umbral. Nuestro actual locus terribilis es, por lo general, una variación de la pesadilla kafkiana.
Según Giorgio Agamben, la puerta abierta que solo está destinada al campesino, la entrada a la Ley, «le incluye excluyéndole y le excluye incluyéndole. Y ésta es precisamente la culminación y la raíz primera de toda ley».4 La ley, según Agamben, es ante todo un estado de excepción, un perpetuo umbral.
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