Mi primer encuentro con lo que Agamben llama nuda vida (0.10) tuvo lugar en un escenario kafkiano. Unos años antes de morir mi padre contrajo una neumonía que lo tuvo a las puertas de la muerte durante un poco menos de una semana. Cuando llegamos al hospital sus pulmones estaban casi completamente comprometidos por la infección y su respiración se había reducido a una sibilancia borboteante y entrecortada. Su Alzheimer, entonces en sus fases tempranas, empeoró marcadamente y dejó de reconocernos a mi madre y a mí; su entorno inmediato se convirtió en un cambiante escenario de pesadilla. Mientras yo me encargaba de llevarlo de aquí a allá para que le hicieran los exámenes de rutina mi madre se encargaba del papeleo. Para el segundo día, cuando parecía que mi madre también había contraído el neumococo, tuve que encargarme de los dos como también de las vueltas burocráticas. El hospital al que habíamos llevado a mi padre, el más cercano a nuestra apartamento, no estaba afiliado a nuestro proveedor de salud y tuvimos que forcejear durante días para que no lo transfirieran a otro hospital mientras estaba en estado crítico.
El primer día, cuando llevaba a mi padre a que le tomaran una radiografía de tórax entendí la fragilidad y vulnerabilidad que nos define como formas de vida. Delirante, balbuceando tanto como le permitía la respiración, sus ojos habían perdido el brillo que lo distinguía como persona, su rostro se había despojado de cualquier esbozo de sociabilidad, la máscara de bios se había desmoronado. Su temor y sufrimiento eran más parecidos a los de un animal malherido que a los de un hombre, su mirada, completamente ininteligible, no revelaba ningún rastro de personalidad. Sin ayuda de otro humano habría muerto en cuestión de horas. Su condición, sujeta a los caprichos de un sistema de salud mediocre, era la de nuda vida, zoé en su estado más puro.
Por fortuna la congestión pulmonar de mi madre resultó ser una gripa común que no pasó a mayores y no requirió de mayor cuidado. Al sexto día de hospitalización los pulmones de mi padre se habían despejado considerablemente y por recomendación del médico empecé a llevarlo en paseos por el hospital. Aún delirante, a medida que su máscara volvía a recomponerse, creía que estaba siendo retenido contra su voluntad en un lugar incomprensible, un laberinto de corredores —que en realidad eran solo dos pasillos en forma de T—, que en su mente parecía multiplicarse y bifurcarse a cada paso. Como Josef K. en El proceso, mi padre quería entender por qué unos poderes desconocidos entorpecían constantemente su salida de ese terrible lugar, pero en su condición ninguna explicación era suficiente. Por momentos pensaba que estaba detenido por alguna falta en su pasado que ya no lograba recordar. Por encima de todo quería salir de hospital/laberinto, pero cuando llegó a casa tampoco podía recordarla; estaba atrapado en un umbral del que no podía entrar o salir.
El locus terribilis es tanto el estado jurídico-político de la vida en sociedad como un estado mental. Está unos pasos más allá de la salud, la razón y la cordura, que es precisamente donde está nuestra sociedad en este momento.
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