§ 0.21. La conciencia arcaica

En Origen y presente, obra de impresionante erudición, el filósofo cultural suizo Jean Gebser le dedica unas páginas a describir la forma de conciencia más arcaica de nuestra especie como un tipo de percepción tan indivisa como indivisible que a duras penas producía una realidad que pudiera concebirse como exterior y separada del humano. Gebser describe este tipo de conciencia como

lo más afín, sino idéntico, al estado originario paradisíaco de la Biblia. Un tiempo en el que el alma todavía duerme, y por lo tanto es el tiempo sin sueño, la fusión indiferenciada del hombre y el universo.1

Gebser continúa su caracterización de la conciencia arcaica con una cita del sabio chino Chuang-Tzu: «los hombres verdaderos de los tiempos antiguos dormían sin soñar»2, que apuntaría a la ausencia de un inconsciente activo durante el sueño, es decir a una forma de vida completamente natural y, por tanto paradisíaca, que no produce represión alguna. Un locus amoenus de la mente y del mundo. 

A favor de su tesis Gebser cita un antiguo simbolismo cromático chino según el cual «el azul y el verde aún no se han distinguido en esa época, la palabra común que se emplea es Ch’ing, que significa tanto el color del cielo como el de la planta en germinación»3. Tal circunstancia, verificada en muchas ocasiones por antropólogos en todo el mundo, significaría que dos de los polos más importantes de la experiencia humana, cielo y tierra, aún no eran percibidos como tales. Según Aristóteles, la posterior división de este continuo en un polo superior y otro inferior habría traído consigo un primer esbozo de consciencia, ya que «el alma […] es posterior al movimiento coetáneo del cielo»4. En otras palabras, sólo cuando se hace consciente de los movimientos de los cielos es que el ser humano adquiere una medida de conciencia, por pequeña que esta sea, de su propio ser. 

Según Owen Barfield, otro gran estudioso de la evolución de la conciencia, la continuidad entre humano y mundo —evidente en la relación armoniosa de nuestra especie con el mundo natural hasta hace relativamente poco—, implica una forma de conciencia «que no puede percibir lo material simplemente como tal, que al percibir su entorno percibe al mismo tiempo lo inmaterial dentro o a través de este […] este es el tipo de consciencia para el cual no hay tal cosa como un mundo ‘exterior’. Lo exterior y material es siempre, por su propia iniciativa, la expresión o representación de lo interior e inmaterial»5. Así pues, el mundo arcaico no era ni material ni inmaterial sino continuo; el asiento original de la conciencia humana no era un lugar, era un umbral donde no existía noción alguna de un “yo” o un “otro”.   


  1. Jean Gebser, Origen y Presente, 85.  ↩︎
  2. Ibíd., 86. ↩︎
  3. Ibíd., 87. ↩︎
  4. Aristóteles, Metafísica, libro XII, 6. ↩︎
  5. Owen Barfield, History, Guilt and Habit, 31. ↩︎

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