Meanwhile, down in the town, the Happyfolk slept restlessly
Their dreams invaded by shadowy figures digging away at their souls
Every day, people would wake and stare at the mountain
Why was it bringing darkness into their lives?
Gorillaz feat. Dennis Hopper, Fire Coming Out of the Monkey’s Head
En nuestra época la división del trabajo que heredamos de la era industrial se convierte, en manos de la economía digital, en una división del aprendizaje, un nuevo principio de ordenamiento social en el que el acceso a la información y la educación han creado las llamadas “economías de conocimiento”. En estas economías la producción de productos y servicios se basa en actividades intelectuales que han sido definidas como “trabajo cognitivo” (“Bifo” Berardi) o “trabajo inmaterial” (Lazzarato, Hardt y Negri) y requieren de una alto nivel de especialización. Aquellos que tienen la fortuna de poder pagar por una educación o de ser entrenados en sus empleos tienen la posibilidad de actualizar sus habilidades a los nuevos contextos digitales. Los que no, se convierten en mano de obra para las tareas menos inmateriales. Mientras algunos vivimos entre la tercera y cuarta revolución industrial la mayoría aún trabaja en la segunda.
Los conocimientos digitales aplicados al modelos económico de vigilancia crearon lo que Zuboff llama el problema de los dos textos. El primero de ellos es un texto público que tiene lugar en internet «está compuesto de lo que nosotros inscribimos en sus páginas: nuestras entradas, nuestros blogs, nuestros videos, nuestras fotos, nuestras conversaciones, nuestra música, nuestras historias, nuestros comentarios, nuestros “me gusta”, nuestros tuits, y toda esa gran y masiva barahúnda sobre nuestras vidas allí capturada y comunicada»1. Sin embargo, junto a este texto existe otro texto, que es la sombra del primero y está oculto para todos los usuarios. Este texto en la sombra, provee de información al primero y es «una acumulación en expansión de excedente conductual y de análisis de este, y dice incluso más de nosotros de lo que podemos saber nosotros mismos. Peor aún, cada vez resulta más difícil (cuando no, imposible) abstenerse de no contribuir a este texto en la sombra, que se alimenta automáticamente de nuestra experiencia incluso cuando nosotros no hacemos otra cosa que cumplir con las rutinas normales y necesarias de la participación social»2. Es de este texto oculto del que están construidos los muros de paradeisos virtual.
El hecho de que el segundo texto esté oculto tiene importantes implicaciones para nuestro argumento. Si la extracción de datos es secreta, llevada a cabo en las sombras, las operaciones que monetizan al capitalismo de vigilancia carecen de rostro y, por tanto, de responsabilidad. Del mismo modo que una corporación no tiene rostro y personalidad y por tal razón no podría tener voz derecho a la expresión, el texto oculto nos presenta un enemigo inasible e invisible. Esta circunstancia se asemeja a lo que Mark Fisher llamó «la impersonalidad y el tejido de sombras propio de la conspiración corporativa”. Como capa anónima, el texto oculto del capitalismo de vigilancia nos lanza a un mundo opaco en el que la única preocupación de los partícipes de la conspiración, dice Fredric Jameson
no es personal sino corporativa, es la preocupación por la vitalidad de la red o de la institución, una distracción o desaprensión desencarnada en el espacio ausente de la organización colectiva…3
Tal como el corporativismo del siglo XX, en el que “las causas de los abusos y atrocidades se revelan tan sistémicas, tan difusas, que ningún individuo puede aparecer con claridad como el responsable de una catástrofe»4, el capitalismo de vigilancia hereda y ahonda en el problema pues, ¿pues como podrían hacerse responsables a los algoritmos encargados de la minería y el análisis de datos? Dado que sus operaciones ocultas carecen de nombre y de cara, el capitalismo de vigilancia es una fuerza socialmente destructiva. No se siente atado a la sociedad por lazos de respeto y responsabilidad, su principal preocupación es la vitalidad de las redes, digitales o no, que constituyen el sustrato operativo de sus ganancias.
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