El término escenario que aparece en el título de este estudio debe ser entendido en un sentido amplio que no refiere exclusivamente a las artes escénicas. No descuenta que nuestra realidad pueda ser vista como un theatrum mundi, pero no se limita a esta definición. Tampoco hace referencia exclusiva al espectáculo producido por los medios de comunicación, o a la definición debordiana de espectáculo como el estado de sujeción de “los seres humanos en la medida en que la economía los ha sometido ya totalmente”. El escenario al que me refiero es un topos (lugar o territorio), en particular un topos literario.
En retórica clásica un topos era un “lugar” donde se podía encontrar información, por lo cual los topoi eran categorías temáticas, lugares comunes que ayudaban a delinear las relaciones entre las ideas de un discurso. Nuestra palabra tópico, de uso común en lingüística, originalmente hacía referencia a estos temas. Los topoi, o loci en latín, hacían parte tácita de la tradición poética y literaria de Occidente por lo menos desde tiempos de Homero.
Uno de los lugares literarios más comunes es el llamado locus amoenus, o lugar ameno, por lo general un idílico claro de bosque con árboles que dan abundante sombra, prado y una fuente natural de agua que en conjunto ofrecen una sensación de bienestar y holgura, un lugar de eterna primavera, música, danza y, por supuesto, de una sexualidad regenerativa íntimamente relacionada con los ciclos de una naturaleza exuberante.
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