La palabra “persona” tiene una interesante historia. Tradicionalmente se dice que llega a nosotros a través del latín persona que los romanos heredaron del etrusco phersu, que a su vez vino del griego prósopon, máscara (pros, delante, opos, cara). Sin embargo, la relación entre el término etrusco y el griego no ha podido comprobarse.
En el capítulo 148 de Rayuela, Julio Cortázar cita una etimología distinta que toma de Noches áticas del gramático romano Aulo Gelio (siglo II d.C.), quien cita a un oscuro autor de nombre Gavio Basso. Cito del libro del gramático:
1. ¡Por Hércules! ¡Con qué gracia y sabiduría explicó Gavio Basso en los libros que escribió Sobre el origen de las palabras, el origen de la palabra persona; conjetura que este término proviene de personare (hacer ruido). 2. «Pues —dice— al estar la cabeza y la cara cubiertas por completo con la máscara, al haber sólo una única vía de salida para la voz, la máscara propulsa ésta no de manera imprecisa y difusa sino condensada por la única salida que tiene y hace más claros y perceptibles los sonidos. Y como este revestimiento del rostro hace que la voz sea más clara y resuene más, explica que se llame “persona” con la “o” larga por la forma del sustantivo.1
Más que “hacer ruido”, el verbo personare equivaldría a “sonar a través de (per-)”. No obstante la dudosa legitimidad de esta etimología, la idea de persona como máscara que concentra y conduce el sonido de la voz es bastante sugerente. Siendo la máscara un artefacto teatral y siendo el teatro una expresión de la polis, es decir de la bios que se ejerce en comunidad,la máscara, entendida como persona, vendría a ser un revestimiento que cubre el rostro de la zoé y permite que su voz, la voz de la nuda vida, resuene en el escenario de la comunidad. La representación auditiva de la máscara del bios es nuestro nombre, primero propiedad de la iglesia y luego del estado, que es la empuñadura por donde la persona jurídica puede ser manipulada y representada en la sociedad civil. Así pues, dice Thomas Carlyle, «el nombre es la primera prenda que envuelve al YO que visita la Tierra; a la que se adhiere desde entonces, más tenazmente que la piel misma (pues nombres hay que han durado cerca de treinta siglos)».2
Esta hipótesis parecería confirmada en alguna medida por el uso que se hace de la palabra persona en el derecho, como si se tratara de una máscara jurídica (bios) superpuesta a una forma de vida real (zoé). Desde el punto de vista de la ley, una “persona” ya sea natural (un individuo) o jurídica (una entidad o corporación) no es otra cosa que un sujeto de derecho. Visto así, el mundo ordenado mediante la ley es un escenario jurídico que trasforma zoé en bios, siempre a costa de la primera. Este escenario jurídico es la base de nuestro moderno escenario de desolación.
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