§ 0.12. Homo sacer y Devotus

Según Agamben, la ambigüedad que le permite al soberano estar simultáneamente dentro y fuera del orden jurídico lo asocia con una oscura figura del derecho romano: el homo sacer, un “hombre sagrado” a quien se puede matar impunemente pero que sin embargo no puede ser sacrificado a los dioses; una figura que está por fuera tanto de la justicia humana como de la divina y que habita «una región que es anterior a la distinción entre sagrado y profano, entre religioso y jurídico».1 Esta región, un claro umbral entre lo humano y lo divino, produce una figura doble y simétrica: 

soberano es aquél con respecto al cual todos los hombres son potencialmente homines sacri [hombres sagrados], y homo sacer es aquél con respecto al cual todos los hombres actúan como soberanos.2

Así pues, en la doble e inextricable figura del soberano/homo sacer encontramos la raíz de la dialéctica de la soberanía, que desde tiempos inmemoriales ha atado a los victimarios a sus víctimas.

Ahora bien, su carácter sagrado y como tal perteneciente a los dioses, asocia al homo sacer a otra interesante figura de la religión romana, el devotus, un hombre que antes de ir a la batalla «consagra su propia vida a los dioses infernales para salvar a la ciudad de un grave peligro».3 El hecho de que tanto el devotus como el homo sacer pertenecieran a los manes, una categoría de los di inferi (0.4, 0.10), revela el vínculo de los lugares terribles de la soberanía con el mundo invisible (0.11).

El acto de consagración del devotus a los manes era muy particular: si el hombre moría en batalla se consideraba que el rito estaba cumplido, pero si sobrevivía era necesario enterrar

una imagen (signum) de siete pies de altura e inmolar a una víctima como expiación; y el magistrado romano no puede caminar sobre el lugar en que la imagen ha sido enterrada. Si por el contrario, [el sujeto] no muere, no podrá llevar a cabo ningún rito, ni público ni privado…4

Ya que no es posible quitar lo que ha sido consagrado a los di inferi, este ritual funerario en imagen apunta a la necesidad de cumplir el juramento a los dioses. Ahora, la “desafortunada” situación de quedar vivo luego de ser consagrado resulta no solo en la pérdida del derecho a ejecutar ritos —que equivaldría a la perdida de los derechos civiles—, también implica una situación paradójica: el devotus ha dejado de pertenecer tanto al mundo de los vivos como al de los muertos. Es un “muerto viviente” que, como K. en El proceso pertenece a un umbral entre la ley y la vida (0.9), una penumbra en la que se está “muerto” para ambas.


  1. Agamben, Homo Sacer, 97 ↩︎
  2. Ibíd., 110. ↩︎
  3. Ibíd., 125. ↩︎
  4. Ibíd., 126. ↩︎

Deja un comentario

Descubre más desde Locus Terribilis | Apuntes sobre el mundo contemporáneo como un escenario de desolación

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo