En este esquema de las cosas se consideraba al soberano como:
[…] el centro dinámico del universo, del que irradian las líneas de fuerza en todas las direcciones del cielo, de tal modo que un movimiento de su cabeza o el solivio de su mano afecta al instante o puede afectar seriamente alguna parte de la naturaleza. Él es el punto de apoyo del cual depende el equilibrio mundial, y la menor irregularidad por su parte puede deshacer dicho equilibrio. Por lo tanto, debe tenerse sumo cuidado por él, y también él mismo, su vida entera, hasta el más mínimo detalle ha de ser regulado para que ningún acto suyo, voluntario o involuntario, pueda desquiciar o destruir el orden establecido de la naturaleza.1
La puntillosidad de los rituales de reyes como Luis XIV, Roi Soleil, y el excesivo protocolo que aún rodea a las monarquías modernas es un vestigio de esta circunstancia primitiva. En su papel de representante terrenal de los dioses, el soberano constituye una zona de indistinción entre lo humano y lo divino (0.12). Su derecho es el derecho de los dioses, de todo aquello que está más allá de lo humano y que puede exceptuarse de las crueldades del mundo real. Pero la única forma de eximirse de la crueldad es a través de la crueldad misma. Esta circunstancia parecería codificada en el latín, en el que la palabra actio denotaba el lado activo de las cosas, mientras que passio, que hacía referencia el polo pasivo, originalmente significaba “sufrimiento”. Uno solo puede sufrir las acciones del soberano.
- James George Frazer, La rama dorada, 107. ↩︎
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