En El proceso Kafka presenta dos pinturas imaginarias que expresan a la perfección las ideas modernas de ley y soberanía. La primera aparece en el despacho del abogado que K. conoce a través de su tío:
Puesto que ya se había acostumbrado a la oscuridad de la habitación, podía distinguir diversos detalles de la decoración. Sobre todo le llamó la atención un gran cuadro que estaba colgado en a la derecha de la puerta, se inclinó hacia adelante para verlo mejor. Representaba a un hombre con toga de juez; estaba sentado en un trono elevado, cuyos dorados sobresalían en muchas partes del cuadro. Lo extraordinario era que este juez no estaba sentado allí con calma y dignidad, sino que apretaba con fuerza el brazo izquierdo contra el respaldo y el brazo del trono; sin embargo, tenía el brazo derecho completamente libre y sólo agarraba el brazo del trono con la mano, como si, en cualquier momento, quisiera saltar con un giro violento y tal vez indignado, para decir algo decisivo o tal vez para dictar sentencia. Había que imaginar al acusado al pie de la escalera, cuyos peldaños superiores, cubiertos con una alfombra amarilla, se veían aún en el cuadro.1
Un soberano dispuesto a saltar de su trono, a rebajarse para entrar en acción es, en últimas, un verdugo glorificado. Y como Kafka bien sabía, «un solo verdugo podría sustituir a todo el tribunal». Giorgio Agamben aborda la relación entre el soberano y el verdugo cuando resalta la intercambiabilidad entre violencia y derecho (0.10). Al respecto, da como ejemplo un hecho que tuvo lugar en junio de 1418 cuando se encuentran en la calle de París «el Duque de Borgoña, recién entrado como conquistador en la ciudad a la cabeza de sus tropas, y el verdugo Coqueluche, que en esos días había trabajado incansablemente para él: el verdugo cubierto de sangre se acerca al soberano y le coge la mano gritando “¡Querido hermano!” (!Mon Beau frère!)»2
Cuando K. se pregunta en voz alta si el hombre de la pintura tal vez sea el juez que presidirá su caso Leni, la criada del abogado, le dice que en realidad es un hombrecillo diminuto y vanidoso que se hizo retratar tan formidablemente en su juventud. Cuando la divinidad no aplica abiertamente a la soberanía, su panteón se convierte en burocracia. Tras perder su dignidad imperial el soberano, encarnado ahora en un humilde juez de instrucción, reaparece como simple hombre: cobarde, frágil y, sobre todo, mezquino y sádico. Carente de conexión alguna con lo divino, este nuevo tipo de soberano no puede ejercer el poder sino por la fuerza.
La segunda pintura descrita por Kafka aparece en el estudio del pintor que trabajar para el oscuro tribunal que lleva su caso.
Sin duda se trataba en este caso de un juez completamente distinto, un hombre gordo, con una barba negra y tupida que, en ambos lados, le llegaba más arriba de las mejillas; también aquel cuadro era una óleo, sin embargo, éste estaba esbozado en pastel, de un modo tenue y vago. Pero todo lo demás era parecido, pues también aquel juez tenía precisamente la intención de levantarse amenazador de su trono, cuyos brazos sujetaba con fuerza […] no se podía explicar una gran figura que estaba en el centro del respaldo del trono y preguntó al pintor por ella […]3
La figura en cuestión, le contesta el pintor a K., es la Justicia, pero una Justicia muy particular, pues tiene no solo los ojos vendados y la balanza sino que también lleva alas en los talones. «“No es una buena combinación”, dijo K. sonriendo, “la justicia tiene que estar quieta, si no, la balanza se tambalea y no es posible ni un solo juicio correcto”».4 Lejos de la dignidad que ofrece lo divino, la justicia y la soberanía solo pueden esforzarse por ser eficientes. Sin su piso son como la imagen que se le aparece en un sueño al Rey Nabucodonosor y que el profeta Daniel interpreta así:
Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible. La cabeza de esta imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce; sus piernas, de hierro; sus pies, en parte de hierro y en parte de barro cocido. Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó.5
El poder separado de su sustrato divino —del oro, la plata y el bronce—, revela su lado transitorio y vulnerable, su humanidad. Este colapso nos permite entender la fragilidad innata de la máscara de la soberanía. Desde que encontrara el trono vacío (1.5), el soberano siempre ha tenido pies de barro.
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