§ 1.18. Ubú Rey

El derrumbamiento del sustrato divino de la soberanía trae una inevitable secularización, que se ha venido desarrollando abiertamente desde que Napoleón le diera la espalda a Pío VII. A medida que los soberanos desaparecen del trono como dioses reaparecen a su lado como un simples hombres; sus actos se tornan más y más independientes y terminan por convertirse en una parodia de sus ancestros divinos. Uno de los mejores y más tempranos ejemplos de este proceso es la obra de teatro Ubú Rey (1896) de Alfred Jarry, uno de los más importantes referentes para el dadaísmo, el surrealismo y el teatro del absurdo.1

Un personaje despreciable y vulgar, Père Ubu es un capitán de dragones venido a menos que, instigado por su esposa, Madre Ubú —una mezcla entre una verdulera y Lady Macbeth—, decide hacerse al trono de Polonia dejando el reino en una tremenda confusión. La obra está basada en una farsa que Jarry y sus amigos de infancia escribieron mientras estudiaban en el Lycée de Rennes para ridiculizar a Félix-Frederic Hébert, el profesor de física de la institución. En efecto, el nombre Ubú viene de una pronunciación afectada e infantil de Hébert.

Llena de alusiones fálicas y fecales (que Freud iluminaría poco después), Ubú Rey describe el ascenso al poder de un cobarde, obeso, caprichoso y sádico usurpador obsesionado con el poder. Sobre la intersección entre violencia y derecho (0.10, 1.17), una escena en particular muestra el papel del soberano como el más ramplón (y gracioso) verdugo. Una vez se ha hecho con el trono Ubú Rey convoca a sus nobles a su palacio con la excusa de hacerlos rendir cuentas; su verdadera intención es, por supuesto, ejecutarlos arrojándolos por un agujero que claramente alude a un inodoro:

PADRE UBÚ: Traed al primero y acercadme el prendedero. A los que resulten condenados a muerte, los tiraré por la trampa. Caerán en los sótanos de Pellizcapuercos y de la Cámara de los Patacones donde se les descerebrará. (Dirigiéndose al noble.) ¿Quién eres tú, torpe?

EL NOBLE: El conde de Vitebsk.

PADRE UBÚ: ¿A cuánto ascienden tus rentas?

EL NOBLE: A tres millones de rixdales.

PADRE UBÚ: ¡Condenado! (Le engancha con el prendedero y lo arroja a la trampa.)

MADRE UBÚ: ¡Qué innoble ferocidad!

PADRE UBÚ: Segundo noble, ¿Quién eres? (El interpelado no responde.) ¿Contestarás de una vez, simple?

EL NOBLE: El gran duque de Posen.

PADRE UBÚ: ¡Excelente, excelente! No te preguntaré nada más. ¡A la trampa… ! ¿Y tú quien eres, tercer noble? Vaya una cara tan fea la tuya… 

EL NOBLE: El duque de Kurlandia y de las ciudades de Riga, Reval y Mitau.

PADRE UBÚ: A la trampa entonces… Ahora el cuarto. ¿Quién eres tú?

EL NOBLE: El príncipe de Podolia.

PADRE UBÚ: ¿Tus rentas?

EL NOBLE: Estoy arruinado.

PADRE UBÚ: Por tan fea contestación, ¡a la trampa! […]2

Ubu Roi, como el Rey en Alicia en el País de las Maravillas, lleva la corona sobre la peluca (1). Cuando Madre Ubú se queja de su sadismo, Ubú responde como un niño de cinco años: «¿Eh?, me estoy enriqueciendo. Verás, ordenaré leer MI lista de MIS títulos. Escribiente, lee MI lista de MIS títulos».3 He aquí hay un aterrador recordatorio de las sobrecompensaciones que le dan forma a la naturaleza humana: en ausencia de toda dignidad, humana o divina, el soberano regresa a una etapa temprana de desarrollo psicológico. Solo hay que pensar en Donald Trump, Jair Bolsonaro y más recientemente en Javier Milei.

Pero aún más importante que su presciencia, Jarry pone a su parodia soberana en un escenario muy particular, un umbral. «Tras el preludio de una música de demasiados metales para ser menos que fanfarria», dice en su presentación a la obra, 

el telón descubre una decoración que quisiera representar Ninguna Parte, con árboles al pie de las camas y nieve blanca bajo un cielo muy azul, dado que la acción discurre en Polonia, país suficientemente legendario y desmembrado como para ser esa Ninguna Parte […]4

Con su particular ingenio patafísico, Jarry imagina un lugar que no es tal, un umbral que no está ni aquí ni allá sino en todas partes, pues ha visto las villanías del mundo encarnadas en un profesor de liceo y entiende que la penumbra ha abierto sus fauces y nos ha engullido por completo.


  1. W.B. Yeats, que asistió al estreno, diría más tarde: «después de Stéphane Mallarmé, después de Paul Verlaine, después de Gustave Moreau, después de Puvis de Chavannes, después de nuestros propios versos, después de todo nuestro color sutil y ritmo nervioso, después de los tenues tintes mezclados de Conder, ¿qué más es posible? Después de nosotros el Dios Salvaje». ↩︎
  2. Alfred Jarry, Ubú Rey, 129. ↩︎
  3. Ibíd., 130. ↩︎
  4. Tomado de “Otra presentación de Ubú Rey” de la versión de Ediciones Cátedra, 93.  ↩︎

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