No es para nada extraño que el dandismo hubiera surgido durante la regencia. Pero aparte de las circunstancias técnicas y sociales ya mencionadas, ¿por qué en Inglaterra y no en Francia o Italia? Según Jules Barbey d’Aurevilly, dandi y autor de finales de siglo XIX, este fenómeno social solo podía surgir en una sociedad muy antigua y civilizada
donde la comedia escasea tanto y donde la conveniencia apenas si triunfa sobre el tedio. En ninguna parte el antagonismo entre las conveniencias y el tedio por ellas engendrado se ha hecho sentir en el fondo de las costumbres más violentamente que en Inglaterra, en sociedad de la Biblia y el Derecho, y tal vez es de esa lucha a ultranza—eterna como el duelo de Milton entre la muerte y el pecado—de donde procede la profunda originalidad de esta sociedad puritana […]1
Así pues, el dandi convierte el hastío y la apatía de su sociedad —la llamada flema británica—, en un estilo y unas maneras que lo convierten en el portador de una actitud enteramente moderna que «logra subordinar el ser al parecer, convirtiendo la ética en estética».2 Esta conversión de la ética en estética apunta a a una cuestión, esencial a la sociedad moderna, que se adentra en los terrenos de la metafísica. A saber, que
una dualidad epistemológica ha reculado en una unidad ontológica: la esencia es en realidad apariencia, y la apariencia esencia. La imagen que la sociedad tiene de sí misma es la realidad real de la sociedad, una imagen; la forma de la sociedad es su contenido, su contenido su forma.3
Un mundo en el que la ética, entendida como un cuerpo genuino de normas sociales, y la estética, las formas sensibles de estas normas, se entremezclan, es un mundo en el que el interior y el exterior están en constante peligro de ser confundidos.
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