§ 2.13. Inhumanos

Según Giorgio Agamben, la carencia de intencionalidad de Beau Brummell al anudar su corbata (2.7) se convirtió en una inspiración para algunos de los más importantes poetas de la modernidad, que no dudaron en considerarlo su maestro. Desde este punto de vista, Brummell puede reclamar como «descubrimiento propio la introducción del azar en la obra de arte, tan difundida en el arte contemporáneo».1

Más importante aún es el aporte de Brummell a cierta vena de inhumanidad presente en la poesía vanguardista, de la que Agamben hace una lista de ejemplos:

Lo que hay de nuevo en la poesía moderna es que, frente a un mundo que glorifica al hombre tanto más cuanto lo reduce a objeto, ella desenmascara la ideología humanitaria haciendo rigurosamente propia la boutade que Balzac pone en labios de George Brummell, «nada se parece al hombre menos que el hombre». Apollinaire ha formulado perfectamente este propósito escribiendo, en Les peintres cubistes, que «ante todo, los artistas son hombres que quieren devenir inhumanos». El antihumanismo de Baudelaire, el «hacer al alma monstruosa» de Rimbaud, la marioneta de Kleist, el «es un hombre o una piedra o un árbol» de Lautréamont, el «estoy verdaderamente descompuesto» de Mallarmé, el arabesco de Matisse, que confunde figura humana y tapicería, el «mi ardor es mas bien del orden de los muertos y de los nonatos» (Klee), «el humano no tiene nada que ver» de Benn, hasta «el rastro madreperlesco de caracol» de Montale y la «cabeza de medusa y el autómata» de Celan, expresan todos la misma exigencia: ¡hay todavía figuras más allá de lo humano!2

Entre el conjunto de figuras más allá de lo humano también se cuentan personajes literarios y cinematográficos como el vampiro, el hombre lobo y el zombie. Este último, literalmente un “muerto viviente”, nos permite entrever la relación del homo sacer con la lista de Agamben. El hombre sagrado es el inhumano en la esfera legal. Una representación de lo que no puede ser representado legalmente y que, por consiguiente, adquiere una apariencia monstruosa en el imaginario.

Como parte de este linaje, el dandi actúa como la bisagra entre el mundo de lo humano y lo inhumano, entre la obra de arte y la mercancía. Es el ancestro directo de la celebridad moderna, el soberano de un mundo secularizado por el reinado del comercio.


  1. Agamben, Estancias, 103. ↩︎
  2. Ibíd., 98-9. ↩︎

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