§ 3. El dictador y la estrella, o los lugares terribles de la cultura pop

Johnny’s in America

Johnny looks up at the stars

Johnny combs his hair

And Johnny wants pussy and cars

Johnny’s in America

Johnny’s in America

I’m afraid of Americans

I’m afraid of the world

I’m afraid I can’t help it

I’m afraid I can’t

I’m afraid of Americans

I’m afraid of the world

David Bowie, I’m afraid of Americans

A principios de febrero de 1995, luego de ser eximido del servicio militar, viajé con mis padres a la casa de mi tía en Atlanta. Violeta, la hermana mayor de mi padre, había perdido recientemente a su esposo por causa de un cáncer de pulmón. Unos meses antes habíamos decidido que yo tomaría un curso intensivo de inglés en la Universidad Mercer, muy cerca del vecindario de mi tía, y cuando nos enteramos de la muerte de mi tío Raúl mis padres se unieron al viaje para acompañar a mi tía en su duelo. 

Los meses de invierno y primavera de ese año fueron mi primera exposición a un frío real, que mi rinitis alérgica no tomó a bien, y a un familiar que no estaba dispuesto a hacer todo por mí. Pasé de “hijo único” a “sobrino compartido” título que compartí con los nietos de mi tía, y tuve que asumir una vida ligeramente adulta. Hago énfasis en “ligeramente”. La transición y el aprendizaje fueron tan gentiles como ligera esta primera fase de la adultez. Aprendí lo que es un frío de verdad, un frío que quema y duele dentro de la nariz y el pecho, que entumece las manos y pasa a través de la ropa, no nuestro gentil frío sabanero; aprendí lo que es la cola de un huracán, con fuertes vientos y ráfagas de agua azotando en todas las direcciones durante horas enteras; aprendí a operar dos tipos de podadoras y a regatear boletas de segunda a la entrada de un concierto; besé a una chica polaca de hermosos ojos grises azulados y aprendí que, aún en la última década del siglo XX, como hispano, nunca debía entrar a un establecimiento que tuviera una bandera confederada. En la biblioteca de Mercer encontré por primera vez Ubu Roi de Alfred Jarry y los Cantos de Maldoror del Conde de Lautreamont. Decir que entendí la mayor parte de lo leído sería mucho para English Reading 3.

Raúl Peña, el recientemente fallecido esposo de mi tía, era un apuesto y divertido cubano-americano cuya familia había emigrado a Queens décadas antes de que Castro corriera a Batista de la isla y ésta dejara de ser casino y burdel de la noche a la mañana. No que mucho haya mejorado, y mucho menos ahora que la isla parece tener los días contados. Raúl hablaba el inglés, su idioma natal, con acento neoyorkino. Su español, aprendido en casa, rezumaba de expresiones cubanas (coooño… ahí viene la guagua…) con un ligero acento en inglés. Era excelente entreteniendo niños, por lo cual, supongo, había sido dueño de jugueterías durante mucho tiempo. Cuando era pequeño jugábamos a vaqueros e indios, yo disparaba con mi pistola imaginaria y él parecía tener un don asombroso para tumbar, a velocidades increíbles, los objetos a los que yo apuntaba. En nuestras rutinas volaban por los aires cepillos de dientes, vasos para cepillos de dientes, relojes despertadores, corbatas. Casi todo era de plástico o tela, nunca se rompió nada. Raúl nunca tuvo hijos pero crió como suya a Elizabeth Frugone, la hija de mi tía Violeta y su anterior marido. Elizabeth murió de melanoma un par de días antes de que yo naciera.

Violeta y Raúl fueron una pareja modelo. Ambos eran guapos, buenos anfitriones y les gustaba entretener a sus amigos en casa. En nuestro tiempo en Atlanta mi tía me contó que Raúl, Elizabeth y ella se habían mudado a California a finales de los años sesenta. El propósito del viaje había sido hacer llegar el portafolio fotográfico de mi tío a algunos estudios de cine con la intención de empezar una carrera en Hollywood. El sueño no duró mucho tiempo. Aparentemente uno de sus agentes se intentó sobrepasar con él y le sugirió que con una cara como la suya un simple favor sexual podría llevar su portafolio directamente al escritorio del ejecutivo en jefe de un reconocido estudio; sería el nuevo Desi Arnaz de la noche a la mañana. Como buen cubano, mi tío era un reaganita convencido y se negó rotundamente a la oferta. Este resultó ser un problema endémico a Hollywood que resurgió recientemente con los casos de abuso sexual de Harvey Weinstein y Kevin Spacey. Aún si la carrera actoral de mi tío no terminó en nada, la familia vivió cerca de Los Angeles durante casi una década. Sus álbumes de fotos de la época tenían esa calidad surreal que resulta de la combinación de camisas hawaianas, estética tiki y Disneylandia.

A medida que el clima de Atlanta mejoraba y mi alergia por el frío de invierno le daba lugar a otra, por suerte menos agresiva, causada por el polen, mis tareas de sobrino compartido empezaron a mudarse del interior al exterior de la casa. Luego de un breve entrenamiento por parte de Gerardo, un jornalero mexicano que le ayudaba a mi tía con el jardín, empecé a cortar el césped por mi cuenta y a llevar carretilladas de desechos orgánicos al depósito de compost. Ya entrado el verano, durante mi semana de receso en Mercer, mi tía decidió que era hora de hacer una limpieza al garaje. Le dedicamos cuatro días a una tarea que, aparentemente, había sido aplazada por años, probablemente desde que ella y Raúl se habían mudado a Atlanta. Sacamos decenas de bolsas y cajas de basura, que debían ser subidas por la larga pendiente de la entrada del garaje. Nunca le dije nada a mi tía pero entre los desechos encontré un pequeño montón de revistas Playboy que seguramente habían pertenecido a mi tío, databan de los sesentas y setentas y estaban en muy buen estado. Para los estándares hormonales de un adolescente, había dado con una veta de oro. Por supuesto, las “salvé” de su triste final en el incinerador de la ciudad, o en un relleno. Un cuarto de siglo después aún las tengo, aunque temo decir que al haber sido exhibidas como un tesoro editorial, una muestra de otra época, el sol ha hecho lo suyo y ya no están en tan buen estado. 

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