§ 5.4. Guerra de guerrillas mediática

El programa de Max Headroom que vi en los años ochenta resultó ser la primera versión del personaje producida por Channel 4 en Inglaterra y re-trasmitida por Cinemax en Norteamérica. Luego de tres temporadas en el Reino Unido, el programa fue llevado a los Estados Unidos y reformado como una serie de aventuras cyberpunk ambientada en un mundo distópico gobernado por las cadenas de televisión. El héroe de la serie era Edison Carter, un periodista disidente obsesionado con revelar los sórdidos planes de la élite gobernante y que, sin embargo, trabaja para la más importante cadena televisiva. Después de un accidente de motocicleta, la mente de Carter es subida a una computadora donde se convierte en Max Headroom. El personaje no aparece muy a menudo en la serie pero, al ser una entidad virtual, puede viajar a través de redes de TV y acceder a información confidencial. Resultó ser que esta ingeniosa inteligencia artificial no era solo un rebelde de los ochentas sino también el producto cultural más cool de nuestro tiempo: el guerrillero mediático.

Firme a las convenciones del género cyberpunk (corrupción corporativa, destrucción de la clase media, integración de todas los aspectos de la vida humana a los medios y la información, etc…), el show logró cierta presciencia sobre nuestra situación actual. Max Headroom nos presenta un escenario sumamente familiar: una población hipnotizada y manipulada por una casta de amos mediáticos todopoderosos. El primer episodio de la serie, titulado Blipverts, trata sobre un tipo de anuncio de televisión hiperconcentrado, de alta velocidad y alta intensidad que sobrecarga los sistemas nerviosos de los espectadores y, ocasionalmente, hace que exploten.1 Aún no hemos reventado, pero nos hemos mantenido firmemente pegados a nuestras pantallas. En otro episodio, un grupo terrorista comienza a hacer transmisiones en vivo de sus atentados; posteriormente se descubre que están vendiendo los derechos de cobertura de estos ataques para financiar sus actividades. Los medios mismos contribuyen al terrorismo convirtiéndolo en una forma de entretenimiento. 

Estos temas son expresiones de un totalitarismo que en la vida real se ha venido llevando a cabo de maneras “blandas” y, por lo tanto, nunca parece ser lo que realmente es. Desde luego, este nuevo totalitarismo no es del tipo político al que nos acostumbró el siglo XX, es mucho más sutil pero, parafraseando a Ballard, no por ello menos siniestro y kafkiano (4.6). 

Al respecto, dice Herbert Marcuse,

la sociedad industrial contemporánea, tiende a ser totalitaria. Porque no es sólo “totalitaria” una  coordinación  política  terrorista  de  la  sociedad,  sino  también  una  coordinación  técnico-económica  no-terrorista  que  opera  a  través  de  la  manipulación  de  las  necesidades  por  intereses  creados […]2

Por su misma estructura, este nuevo tipo de totalitarismo absorbe de modo efectivo cualquier intento de oposición.


  1. Poco sorprendentemente, está técnica ya ha sido implementada en varias ocasiones por compañías como General Electric y Miller en sus campañas publicitarias. ↩︎
  2. Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, 33. ↩︎

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