Desde la introducción de la domesticación la relación de los humanos con el resto del reino animal se tornó compleja. La tensión entre yo y otro implícita en las sociedades agriculturales desembocó en una actitud que tendía a la dominación de todo lo que fuera considerado como “no-yo” (0.24). Es de esta tensión de donde surge el impulso primario que conduce a la fundación de los primeras reservas de caza —umbrales entre el interior y el exterior del domus (0.27)—, que encuentran su consolidación en los paradeisos de las aristocracias asirias, lidias y persas. La razón para dedicar considerables esfuerzos a construir y mantener parques de cacería y recreo puede resumirse en un par de palabras: estatus y prestigio.
En palabras de Hella Haasse:
[…] los parques de los hombres más poderosos de la tierra no eran nunca simples lugares de descanso; su principal función era convencer al pueblo y a los visitantes del poder de su propietario. La potencial utilidad de un jardín como huerto para el cultivo de frutas o especias tenía una importancia muy secundario, y el encanto del lugar dependía de la medida en que causara admiración y rezumara autoridad. A fin de cuentas, un hombre ha de ser muy poderoso si es capaz de dar nueva vida a las maravillas del paraíso en un lugar de su elección.1
La evolución de los parques de cacería en lugares de recreo de las élites y colecciones privadas de animales exóticos es más bien evidente. Las primeras colecciones de animales salvajes«representaban un poder y distinción considerables. Así, durante gran parte de la historia, los zoológicos privados han servido principalmente como importantes símbolos de prestigio, especialmente para la nobleza, que destilan estatus como joyas vivientes […] La propiedad de animales salvajes podía significar el poder de un hombre sobre otros hombres como también su dominio sobre las bestias»2.
Los parques de animales figuran en prácticamente todas las culturas sedentarias del planeta. Aparecen en el cuarto milenio a.C en la ciudad sumeria de Ur y también en Egipto (Ramses II tenía jirafas y leones, que también lo acompañaban al campo de batalla). Tiglath Pileser, infame tirano asirio descendiente del Nimrod bíblico (1.5), tenía un estanque para hipopótamos en su zoológico real y varias agujeros en el suelo para exhibir todo tipo de felinos. Wen-Wang, fundador de la dinastía Chou (1046-771 a.C) construyó un jardín zoológico dentro de un gigantesco parque y el rey Nabucodonosor de Babilonia mantenía leones en sus jardines reales. Ptolomeo I, compañero de Alejandro y fundador de la dinastía que lleva su nombre, fundó en Alejandría uno de los zoológicos que se consideraron una de las maravillas de su tiempo. De este lado del Atlántico, el emperador azteca Moctezuma tenía unos jardines reales incomparables y su colección de animales incluía pumas, jaguares, llamas, bisontes y todo tipo de reptiles y pájaros. Cual sería la sorpresa de Hernán Cortés al descubrir que este zoológico superaba con creces cualquier colección privada de Europa.
Aún si no alcanzaban la dimensión de los jardines de Moctezuma, las menageries europeas de los siglos XVI, XVII y XVIII eran fieles reflejos de la variedad animal de Europa, Africa, Asia e incluso América. Sin embargo, según Morris Berman, para inicios de la modernidad la tensión entre yo y otro estaba a punto de alcanzar nuevas alturas, cuestión perfectamente ejemplificada en un anécdota en particular: la mañana del 20 enero de 1583, después de ir a misa, Enrique III de Francia
le disparó y mató a cada uno de los animales de su menagerie, que alojaba principalmente leones, osos, camellos, monos y loros. Dijo que había soñado que los animales iban a comérselo.3
Para finales del siglo XVI, al borde de la revolución científica, el retorno de lo reprimido —de todo lo que no es de la casa o unheimlich (0.24)—, se agudiza al punto de elevar la crueldad humana a alturas insospechadas.
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