Dado que el otro —el bárbaro, el intocable, el marginal—, es siempre quien está del otro lado de las murallas (reales o figuradas) de la polis, es apenas natural que por su forma de vida los romaníes se convirtieran en una de las encarnaciones históricas de la alteridad. La topología de su cultura, que desembocó en su fama de estafadores, criminales comunes y ladrones de niños, los ha convertido en un pueblo sin estado —literalmente una banda—. A lo largo de los siglos desde su llegada a Europa, los romaníes han sido víctimas de numerosas persecuciones, expulsiones y otras atrocidades como la política de esterilización de mujeres romaníes por parte del gobierno checoslovaco de 1973 a 1989. Durante la Segunda Guerra Mundial fueron objeto de un genocidio por parte de los Nazis y los Ustachas croatas conocido como el Porajmos (the devouring), en el que se estima que murieron entre 250.000 y un millón de romaníes en campos de exterminio.
La lógica de la limpieza étnica se hace clara a la luz de nuestra topología: aquellos que no viven dentro del parque de cacería y se acogen a sus leyes deben ser necesariamente cazados y exterminados.
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