Por supuesto,el campamento romaní no es sólo una zona lingüística de tránsito (7.2). En tanto umbral entre el bosque y la ciudad es una excepción a la estructura cerrada (paradeisos, urbs) impuesta por la cultura sedentaria que ha que servido de modelo a todas las demás excepciones. Como parte de la familia de lenguajes indoarios, el nombre con que los romaníes se denominan a sí mismos nos ofrece una clave sobre la topología de su cultura. En la lengua romaní rom (y sus variantes dom y lom) significa “hombre o esposo”, palabra que en una de sus posibles etimologías estaría relacionada con el sanscrito dam-pati (“señor de la casa”) y dama (dominar). La voces dam y dama, como se deduce del punto 0.24, están relacionadas con el protoindoeuropeo dem-, “forzar, constreñir” y con la idea de casa o asentamiento. Sin embargo, a diferencia de la noción estrictamente sedentaria de asentamiento como un lugar amurallado que determina la frontera (y el umbral) entre lo doméstico y lo salvaje y el yo y el otro, la noción de casa de los romaníes —su campamento—, es esencialmente abierta, permeable y móvil. Es un umbral que permite un constante tránsito entre identidad y alteridad; un no-lugar donde se asume la transmutabilidad de la casa y el bosque, del yo y el otro. De ahí los conflictos identitarios de los romaníes en la esfera jurídica.
En cuanto topografía itinerante, el campamento es anónimo y, como cualquier umbral, está potencialmente en todas partes. El paradeisos en cambio, en cuanto espacio estático y delimitado, es una marca en el mapa con una ubicación geográfica definitiva, un cerramiento de lo que solía estar abierto y ahora ha quedado confinado a un lugar específico donde tiene lugar la excepción.
Deja un comentario