Mucho antes de que los romaníes llegaran a Occidente, había otro pueblo que ya había padecido bajo el signo de la alteridad en la Europa cristiana. Durante los siglos que transcurrieron entre la caída de Roma y la modernidad temprana, los judíos vivieron rodeados de una aura de ambigüedad intolerable para la cultura cristiana: aunque era innegable que Jesús fue judío y las raíces del Antiguo Testamento se hundían en la religión judía, los judíos como pueblo eran ampliamente considerados como los asesinos de Cristo, pero curiosamente no los romanos, que se convirtieron en sus herederos. El pueblo judío no algo enteramente desconocido para los cristianos, era extrañamente familiar y aún así radicalmente ajeno y peligroso. Así pues, terminaron por convertirse en la encarnación misma de lo ominoso (unheimlich),ajenos a la casa (heim, domus) que la cultura cristiana había erigido durante siglos de dominación religiosa.
Tras siglos de vivir tanto dentro como fuera de la cultura dominante —a menudo percibidos como una fuente de “contaminación” espiritual para el cristiano corriente, e incluso para los judeoconversos—, para finales del siglo XIV los judíos ya habían sido expulsados de Inglaterra (1290), Francia (1306, 1394) y España (1492), y masacrados en los territorios germanos. En estas circunstancias muchos se vieron forzados a vivir desperdigados en diferentes localidades para evitar ser señalados. Desplazados por las persecuciones de las que eran objeto al norte de los Alpes, muchas familias judías emigraron a Venecia donde se establecieron a pesar de que no se les otorgó estatus legal y no les era permitido prestar dinero. Esta ciudad en particular fue especialmente dura con ellos y en 1516 el senado
aprobó una ley exigiendo a todos los judíos que residían en la ciudad y a cualquiera que acudiera a ella en el futuro a vivir en la isla de Cannaregio, que ya se conocía como el Ghetto Nuovo (Gueto Nuevo), por su asociación con la fundición de cobre municipal al otro lado del canal, en el Ghetto Vecchio (Gueto Viejo; il guetto, o getto, deriva de gettare, que significa “verter o fundir metal”).1
El Guetto Nuovo estaba cerrado por un portón que daba a un pequeño puente peatonal vigilado por guardias cristianos que cerraban las puertas al atardecer y solo las abrían al alba, cuando sonaba la Marangona, la campana más grande de la Basílica de San Marcos. De igual modo, las áreas de la isla que daban al Gran Canal fueron selladas con muros para evitar que nadie entrara o saliera. Los judíos quedaron efectivamente aislados del resto de la ciudad, una circunstancia que «creó un espacio completamente judío dentro de un espacio cristiano mucho mayor»2.
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