Si bien en lugares como Estados Unidos los judíos no fueron aislados y discriminados por decreto, muchos inmigrantes pobres recién llegados de Europa no tenían otra opción que hacinarse con otros judíos ya establecidos en lugares como el gueto del Lower East Side de Nueva York. El judío, dice Mike Gold en su novela Judíos sin dinero (1930), «lleva siglos viviendo en este gueto universal»1. Un paradeisos sin muros ni portones, que describe a la perfección la situación de los guetos afroamericanos.
Estos guetos, sin embargo, surgieron por un proceso social completamente distinto al de sus ancestros medievales. Según el profesor Lance Freeman, «esas grandes porciones de muchas ciudades estadounidenses que albergan a decenas de miles de negros y otros individuos, son el resultado de la Gran Migración y de las fuerzas que dieron forma a la incorporación de los negros a las modernas ciudades estadounidenses»2. La migración a la que se refiere Freeman fue el movimiento de alrededor de seis millones de afroamericanos que su mudaron de los estados rurales del sur de los Estados Unidos a los estados urbanos del norte de 1916 a 1970 por causa de la segregación y discriminación del que eran víctimas por debajo de la línea de Mason-Dixon. Sin embargo esta migración, según el abogado y autor Bryan Stevenson, no debe ser vista como tal: «muy pocas personas entienden que los afroamericanos de esas comunidades no fueron allí como inmigrantes en busca de nuevas oportunidades económicas. Fueron allí como refugiados del terror»3.
Aunque desde 1917 la constitución norteamericana impedía la zonificación racial en los Estados Unidos —lo cual hacía imposible el establecimiento manifiesto de guetos para judíos o negros—, esto no fue un obstáculo real para la creación de nuevas franjas urbanas segregadas a medida que más afroamericanos inmigraban provenientes el sur. En efecto, los residentes blancos de ciudades como Chicago se valieron de un instrumento legal conocido como “contrato restrictivo” para imponer políticas discriminatorias en sus barrios. Según Duneier, estos contratos funcionaban de manera muy sencilla y eran especialmente difíciles de rastrear:
los vecinos blancos de un barrio entablaban acuerdos privados con otros blancos, estipulando que no alquilarían, venderían ni cederían su domicilio a negros (o, en menos del 2 por ciento de los casos, a no caucásicos). Un contrato estándar podía decir: «Los dueños de la propiedad no pueden vender, traspasar, arrendar en usufructo o alquilar a ningún negro o negros […] ninguna de las parcelas citadas», a excepción de criados, chóferes o conserjes, que podían vivir en el garaje, el granero o las habitaciones del servicio.4
Así, aparte de violencia explícita, como incendiar y saquear las casas de los negros que llegaban a un barrio, los blancos hacían valer este tipo de contratos, que trazaban “fronteras invisibles” que impedían a los negros el acceso a viviendas decentes y los forzaban a un umbral de segregación, pobreza e indiferencia, un no-lugar en el que supuestamente estaban protegidos por la constitución cuando en la realidad eran víctimas de tácticas discriminatorias cotidianas. Un auténtico lugar terrible que se materializaba espontáneamente en todas las ciudades norteamericanas.
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