Desde por lo menos la primera mitad de los años treinta Hitler justificó sus planes para aislar y segregar a los judíos alemanes con la misma retórica que la iglesia católica había usado para mantener los guetos europeos (7.6, 7.8, 7.9). En sus propias palabras:
He sido criticado por mi gestión de la cuestión judía. La Iglesia Católica consideró pestilentes a los judíos durante quince siglos, los metió en guetos, etc., porque reconocía a los judíos por lo que eran. En la época del liberalismo, dejó de ver el peligro. Yo estoy volviendo hacia la época en que se implementó una tradición de mil quinientos años.1
No por nada el Führer se autodenominaba “el revolucionario más conservador del mundo”. Y si bien su plan estaba arraigado en siglos de prácticas católicas, había algo ciertamente revolucionario en su planteamiento: para los nazis la contaminación proveniente de los judíos no era espiritual como en el caso de la iglesia católica (7.6, 7.7), era biológica, y entrañaba, según la pseudo-ciencia Nazi, la degeneración de una raza supuestamente superior. El punto clave aquí, como ha notado Agamben, es la contundencia de este tipo de discriminación, pues si bien la iglesia en ocasiones permitía y alentaba la conversión de los judíos al catolicismo (7.8), el hecho biológico de ser judío (o de cualquier otra raza) es inescapable. Nadie puede renunciar a su raza o su color de piel. Mientras el gueto de la modernidad temprana recalcaba la alteridad de los judíos que vivían en Europa cristiana, los guetos nazis apuntaban a una cuestión enteramente moderna: la segregación total a partir de la genética. Es en esta fijación con el hecho biológico donde Agamben encuentra el fundamento de la nuda vida que perméa la totalidad de la biopolítica contemporánea (0.10, 0.15).
- Saul Friedländer, Nazi Germany and the Jews, 47. Citado por Duneier en Gueto, 32-33. ↩︎
Deja un comentario