§ 8.11. Pobreza industrial

Ficción económica versus realidad económica: 

Esta es la versión oficial de por qué se debe subcontratar mano de obra a precios exorbitantemente bajos en maquilas y Zonas de Procesamiento de Exportaciones en aras de la eficiencia y la competitividad:

Los economistas neoliberales cuentan un relato en la que supuestamente se obtienen al menos tres beneficios cuando la producción es más eficiente. En primer lugar, la economía mundial es más productiva, por lo que hay más riqueza para compartir entre los pueblos del mundo. Segundo, los productos son más baratos, por lo que los bienes son más accesibles para los consumidores, muchos de ellos con presupuestos limitados. Y, tercero, más dinero fluye a los LDC (países menos desarrollados) y a los bolsillos de los trabajadores pobres de esos países, contribuyendo así a reducir la incidencia mundial de la pobreza.1

La realidad, lejos de las ficciones y generalizaciones dogmáticas (y ridículas) del neoliberalismo, es esta: 

El aire sobre el que se levantan las zonas es la promesa de la industrialización. La teoría de las ZPE es que atraerán a los inversionistas extranjeros, los cuales, si todo marcha bien, decidirán quedarse en los países, con lo que las líneas de montaje aisladas del país se convertirán en impulsores duraderos del desarrollo; habrá transferencia de tecnología e industria nacional. Para atraer a las golondrinas [como se le conoce a las fábricas en este esquema] a esta hábil trampa, los gobiernos de los países pobres ofrecen exenciones de impuestos, leyes tolerantes y los servicios de las fuerzas armadas, siempre dispuestas a suprimir el descontento laboral. Para endulzar más la oferta, también subastan a sus propios ciudadanos, compiten para ver cuál fija el salario mínimo más reducido y permiten que los sueldos de los obreros sean inferiores al coste real de la vida.2

Las consecuencias de este esquema son tristemente evidentes. No, no hay más riqueza para compartir con “los pueblos del mundo”, solo más pobreza ya que cada actor de la cadena de contratación de un taller de explotación se queda con su parte de modo que el trabajador al final de la misma es al que se le deduce dinero de su paga. No, los productos no se hacen más baratos para el público general pues de otro modo no se obtendrían márgenes tan altos como el 400% de diferencia entre el costo de producción y el precio al público (además, por la simple razón de que ofrecer productos más baratos devalúa la percepción de marca). Y no, este modelo económico no contribuye a reducir la pobreza mundial, la exacerba al dejar a una porción considerable de los trabajadores del tercer mundo a merced de negociantes inescrupulosos que operan al margen de las normativas laborales, legales y fiscales de sus países. 

«El factor determinante de la producción industrial es la pobreza», dicen Hedges y Sacco, 

Cuanto más pobre sea el trabajador, cuanto más pobre sea el país, mayor será la ventaja en competitividad. El acceso a un vasto conjunto de trabajadores pobres y desesperados, ansiosos por conseguir unas migajas, ha conseguido que ni los sindicatos ni las normativas de trabajo estén en posición de impedir la búsqueda de beneficios cada vez mayores. Cuando las empresas ya no necesitan a esos trabajadores, los dejan de lado para que duerman en mitad de bosques o soportales, o para que se vuelvan dependientes de la caridad de los demás. Y cuando los trabajadores […] se vuelven viejos, cuando han perdido la agilidad y la resistencia de los jóvenes, la mayoría de los capataces se niegan a contratarlos. Muchos vuelven a [sus lugares de origen] tan pobres como lo eran cuando llegaron.3


  1. Chartier, “Sweatshops Labor Rights and Competitive Advantage,” 154. ↩︎
  2. Naomi Klein, No logo, 234. ↩︎
  3. Hedges y Sacco, Días de destrucción, días de revuelta, 208. ↩︎

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