Decir que la mayoría de ZPEs se asemejan a campos de trabajo forzado parecería injustificado e incluso exagerado (8.8), pero a la luz de la naturaleza “excepcional” de ambas no se trata de una afirmación fuera de lugar. Visto con detenimiento, el modelo económico está cuidadosamente diseñado para que sea de esta manera. La mayoría de trabajadores de las maquilas y ZPE a nivel mundial son mujeres jóvenes, de 17 a 25 años, que vienen a las zonas de procesamiento desde regiones distantes buscando empleo para enviar dinero a sus familias. Como la mayoría de víctimas de excepción (0.17, 3.3.1), estas mujeres son vistas como vulnerables, dóciles y obedientes. La mayoría son despedidas a los 25 años por ser consideradas “viejas” para el trabajo y reducir así el riesgo de tener trabajadoras embarazadas o con hijos pequeños.
La lista de abusos laborales de las zonas de procesamiento haría un buen catálogo de la infamia: en China la semana laboral suele ser de 60 a 96 horas y para finales del siglo XX el salario por hora oscilaba entre los 13 y los 32 centavos de dólar. Las comidas se deducen de este monto. Para la primera década del siglo XXI los salarios habían aumentado un promedio de 35-40 centavos. Como si los sueldos por debajo del salario mínimo fueran poco, en la mayoría de zonas «no hay planes médicos, no hay derecho a licencia por enfermedad, hay represión sindical, exceso de horas de trabajo, acoso sexual y horas extra no remuneradas»1. Sobre estos abusos muchos empleadores, y economistas, argumentan en una abierta muestra de cinismo e insensibilidad que «las multinacionales suelen pagar más que sus competidores nacionales en los países menos desarrollados»2,y que los salarios de hambre son un simple reflejo de que los países en donde que están las ZPEs son pobres y su costo de vida es mucho menor. Si bien es cierto que muchos trabajadores ganan más dinero en las zonas de procesamiento que trabajando con sus familias en el campo, este argumento se basa en la noción de que la mayoría de los trabajadores de las ZPEs son individuos libres que pueden elegir su profesión o su empleo como cualquiera de nosotros. No obstante, quedarse trabajando en el campo a pleno rayo de sol o ir a las ciudades para ayudar a sus familias es a duras penas una elección.
Ver a los trabajadores de las zonas como individuos libres es una herencia directa de la Teoría de Acción Racional promovida por el Nobel de Economía Gary S. Becker según la cual «todo individuo es racional, en todas las civilizaciones y en todo tiempo. Esto significa […] que nuestras desiciones individuales obedecen a una perfecta lógica económica, a un cálculo de costes y de rentabilidad: cada uno de nosotros actúa, o mejor, se conduce, como si calculara las ventajas futuras que esperara alcanzar con su esfuerzo actual. Ser racional es intentar maximizar sus ventajas en función de la cultura en la que uno vive»3. Sobra decir que esta elevada noción de homo economicus solo aplica a los lugares donde la economía de libre mercado ha penetrado hasta las fibras más profundas de la sociedad y el humano se concibe a sí mismo como partícipe de una superestructura mercantil siempre presente. Intentar aplicar esta abstracción al resto de la humanidad es ridículo al punto del absurdo y sería difícil encontrar a una persona empleada en una ZPE cuyas circunstancias le permitieran actuar racional o libremente.
Desafortunadamente la libertad y la racionalidad son privilegios ganados con esfuerzo, no atributos automáticos de un sistema económico abusivo y pésimamente concebido.
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