Si la esclavitud no es ajena al primer mundo, como queda claramente ejemplificado por el sistema carcelario de los Estados Unidos, hay una región de este país que ha mantenido una larga tradición de este tipo de prácticas: la Florida.
«La esclavitud, bajo sus múltiples y formas y configuraciones», nos dicen Hedges y Sacco,
Ha constituido durante siglos una de las características económicas de Florida. Los conquistadores españoles que se asentaron en la zona esclavizaron a los pueblos indígenas para desarrollar sus cultivos. La práctica acabó cuando la población nativa fue exterminada. Cuando Gran Bretaña tomó el control de Florida en 1763, comenzó a importar esclavos afroamericanos para trabajar en los campos de arroz e índigo. Al recuperar España el control de Florida tras la Guerra de Independencia, la costa noreste se convirtió en uno de los mayores centros de tráfico de seres humanos, especialmente cuando el Congreso de Estados Unidos prohibió en 1807 la trata internacional de esclavos dentro de sus territorios.1
Cuando Florida volvió a manos estadounidenses en la tercera década del siglo XIX, los esclavos afroamericanos trabajaban en plantaciones de azúcar y algodón, y en vísperas de la guerra civil prácticamente la mitad de la población del territorio era esclava. El estado tuvo la mayor taza de linchamientos en todos los Estados Unidos entre 1880 y 1930. En nuestro tiempo, los nuevos esclavos son trabajadores inmigrantes de México, Centroamérica y Haití que trabajan en plantaciones que producen tomates, fresas, pepinos, berenjenas y otros productos agrícolas para una industria de «productos frescos del campo, valorada en 50 mil millones de dólares». Estos jornaleros son el peldaño más bajo de la pirámide laboral y su trabajo, con toda probabilidad, el peor de los Estados Unidos.
Immokalee, una comunidad no constituida del condado de Collier en el sur de la Florida, está en el epicentro de la nueva esclavitud:
Hay semanas en las que no se reparten trabajos ni salarios. Si empieza a llover, montan a los jornaleros en los autobuses y los envían a casa. Pueden llegar a viajar una o dos horas hasta los campos y, una vez allí, puede que tengan que esperar unas cuantas horas más para evitar el rocío. Después, deben agacharse durante horas bajo temperaturas abrasadoras. Están expuestos a productos químicos tóxicos y a plaguicidas. Es frecuente que tengan que soportar malos tratos físicos y verbales por parte de los capataces. Las mujeres sufren de acoso sexual. El departamento de Trabajo de los EE.UU. estima que la industria agrícola posee una siniestralidad laboral siete veces mayor que la media del resto de las industrias. La exigua paga, unida a lo que les sisan y la endémica violación del salario mínimo mantiene al 30% de los trabajadores —como poco— por debajo del umbral de pobreza.2
Todo esto para que corporaciones globales como Walmart, McDonalds, Burger King y Kroger —tal como las empresas manufactureras que subcontratan en maquilas y EPZs—, saquen enormes márgenes de ganancias. Y todavía peor es que aunque la negociación colectiva entre trabajadores agrícolas no es ilegal en la Florida, «no está protegida por las leyes del estado. Los jornaleros que intenten fundar un sindicato pueden ser despedidos con efecto inmediato».3
Una de las mayores preocupaciones de las pocas asociaciones laborales de la zona son los efectos de la intoxicación con pesticidas. Dado que el suelo del sur de la Florida es arenoso y carece de nutrientes debe ser saturado de fertilizantes químicos, además de plaguicidas altamente tóxicos para el humano. Los jornaleros «se quejan constantemente de afecciones oculares y respiratorias, erupciones, úlceras, náuseas y mareos. La Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA) y el Instituto Nacional de Salud y Prevención de Riesgos Laborales indican que más de 20.000 jornaleros al año sufren de intoxicación aguda por pesticidas»4. Nadie está exento de esta destrucción: el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, dicen Hedges y Sacco, ha encontrado restos de hasta 35 plaguicidas en tomates frescos, tres de los cuales son carcinógenos, seis son neurotoxinas, catorce alteran el sistema endocrino y tres provocan problemas reproductivos.
Lejos de ser marginales, estas formas de violencia laboral está empezando a filtrarse a otras industrias, a generalizarse. Laura Germino, co-fundadora de la Coalición de Trabajadores de Immokalee, sostiene que aunque el TLCAN fue un factor que contribuyó al abuso sostenido de los trabajadores migrantes,
la agricultura siempre ha dispuesto de esclavos. Y lo que resulta interesante es que otras industrias, industrias que antes no disponían de ellos se muestran ahora más propensas a emplearlos. Esto lo que indica es que cuando cualquier industria pasa de tener una plantilla de empleados fijos —con incentivos, horas extras, pensiones y demás— a contar con mano de obra empobrecida, sin contrato, con remuneraciones por debajo del salario mínimo y a la que le pagan por día… cuando eso pasa, decía, es cuando empiezas a ver más casos de trabajo forzoso. Estamos a comenzando a ver tráfico de mano de obra en la industria de la confección, de la construcción y en la hotelera. Vamos cuesta abajo […] En esta espiral de degradación, [son las demás industrias las que empiezan] a parecerse a la agricultura.5
La generalización y propagación de la violencia laboral y la esclavitud que denuncia Germino es exactamente el camino al que, como veremos más adelante, se ha visto sometida la clase media global luego de la crisis económica del 2008.
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