Si el locus amoenus (0.2) es un lugar apartado que uno jamás quisiera abandonar —la amada y el idilio—, el lugar terrible es aquel del que rara vez se puede escapar. El carácter cerrado del paradeisos se transforma en el locus terribilis en una espesura y oscuridad que impiden cualquier tentativa de huida. Este topos es un lugar de soledad y zozobra, lleno de peligros y terrores insospechados. Usualmente se le representa como un campo luego de una batalla, una isla abandonada o poblada de monstruos, una gruta, un cementerio o un valle desolado. Sin embargo, más que un lugar recóndito o cercado, llegar al lugar terrible implica embarcarse en un descenso, una bajada emocional y geográfica.
La isla de los muertos y La isla de la vida del pintor simbolista Arnold Böcklin (figs. 1 y 2) tal vez sean las representaciones pictóricas más claras del locus terribilis y el locus amoenus.

fig 1. Arnold Böcklin, La isla de los muertos: tercera versión, 1883. (Alte Nationalgalerie, Berlin, Alemania)

fig 2. Arnold Böcklin, La isla de la vida, 1888. (Kunstmuseum Basel, Suiza)
En el libro VI de Farsalia, Lucano narra cómo Sexto, hijo de Pompeyo el Grande, se adentra en un oscuro bosque de Tesalia en busca de Ericto, la bruja más poderosa de la región. Quiere que la hechicera prediga el destino de la guerra entre las fuerzas de su padre y las de Julio César. Para esta tarea Ericto toma el cadáver de un soldado recién muerto que arrastra al interior de un monte cavernoso. Reanimado temporalmente, el cuerpo del soldado servirá de puente con el inframundo.
Descendiendo hasta cerca de las tenebrosas cavernas de Plutón, se hunde en un abismo el terreno, cuyos bordes oprime un bosque desvaído de ramas inclinadas hacia el vacío, y el tejo, que ni siquiera por su copa se asoma al cielo ni deja pasar los rayos del sol, lo cubre con su sombra. En el interior, las mortecinas tinieblas y el moho oriniento, debido a la larga noche que reina en las oquedades, no se iluminan jamás si no es por obra de un encantamiento. Ni en las gargantas del Ténaro se asienta un aire tan estancado; es el lúgubre confín del mundo invisible y del nuestro, adonde los reyes del tártaro no tendrían reparo en enviar a los manes.1
Que Lucano mencione a los manes en su fragmento es significativo ya que estos dáimones ctónicos, que representaban a las almas de los seres queridos, hacían parte de una categoría aún más grande de deidades, los di inferi (dioses de abajo) que habitaban el mundo inferior, el infierno. Cabe aclarar que la nekyia, la antigua necromancia practicada por Ericto, no siempre equivalía a un descenso literal a los infiernos (catábasis), pero sí a la oportunidad de establecer una conversación con los poderes del inframundo. Una de las transformaciones más recurrentes de la nekyia es la travesía nocturna, que en muchas ocasiones sucede por mar (Odiseo, Jonás y la ballena, Ahab y Moby Dick), por río (Marlow y Willard en busca de Kurtz in El corazón de las tinieblas y Apocalypse Now) o toma la forma de vuelo cósmico (Elías, Ezequiel, Ben Abuyah, Mahoma).2
En ocasiones el mundo invisible está más cerca de lo que pensamos y no hace falta una travesía para llegar a él. Entendido como el “lúgubre confín” entre nuestro mundo y el otro, el locus terribilis colinda inevitablemente con nuestra realidad. En este sentido, más que un lugar, es un umbral, una zona de indistinción entre dos estados, concretamente entre lo consciente y lo inconsciente. El locus terribilis es el umbral entre este mundo y el inframundo; vivir en él significa habitar en la penumbra de nuestra psique.
- Lucano, Farsalia. VI, 643-650. ↩︎
- Fue C.G. Jung quien asoció la nekyia con otras travesías, como la travesía nocturna por mar, que entendía como una “introversión de la mente consciente en las capas más profundas de la psique inconsciente” (Jung, Analytical Psychology, 41) y que usaba de forma prácticamente intercambiable. Psicólogos postjungianos como James Hillman prefirieron hacer una distinción entre estos conceptos: «el descenso del inframundo puede distinguirse del viaje nocturno por mar del héroe en muchos aspectos… el héroe regresa de la travesía nocturna por mar en mejor forma para las tareas de la vida, mientras que la nekyia lleva al alma a una profundidad de modo que no hay “retorno”. La travesía nocturna por mar está marcada además por la construcción del calor interior (tapas), mientras que la nekyia va por debajo de esa contención presionada, ese temple en los fuegos de la pasión, hasta una zona de absoluta frialdad» (Hillman, Dream and the Underworld, 88). Con el fin de resaltar el carácter de umbral de nuestro lugar terrible, me acojo a la indistinción jungiana de estos mitologemas. ↩︎
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