§ 0.7. Ta’irahu

En la azora 17 del Corán, el Viaje Nocturno, leemos sobre la travesía que Mahoma emprendió “desde la mezquita sagrada a la mezquita más lejana”, es decir, de la Meca a los cielos. Nekyia aérea (0.4).1 Durante este viaje a las esferas superiores del cosmos —posteriormente representado por Dante en su Divina Comedia—, el profeta tuvo una poderosa visión del Paraíso y el Infierno. Sobre el inframundo, Mahoma comenta que al llegar a sus puertas, al alma del difunto se le cuelgan sus “actos” o su “destino” en el cuello, por los que habrá de responder cuando en el Día del Juicio se le presente un libro abierto, el Registro de los Hechos, donde podrá ver sus pecados.

La palabra árabe que se tradujo como “destino” es ta’irahu. Ta’ir significa “pájaro”. Según Ibn Abbas, primo de Mahoma y uno de los primeros interpretes del Corán,  ta’irahu se refiere a “lo que vuela o sale de alguien”, sus actos. Para los árabes preislámicos, en su mayoría nómadas, el vuelo de las aves era el principal medio para predecir el futuro; el destino era inseparable de ellos. Luego, con el Islam, el pájaro pasa a ser un símbolo de los actos, el destino que se ha forjado el individuo a ser juzgado. Estos actos alados son un ave que al bajar con su dueño al inframundo le acompañan como representantes del mundo consciente.

El descenso a los infiernos, al igual que la travesía nocturna de Mahoma, puede ser de inmenso beneficio, en su estela vienen las aves de la adivinación y de él puede derivarse una ciencia médica o incluso todo un código de conducta y convivencia. La catábasis/anábasis es una experiencia ciertamente sobrecogedora pero, en palabras de Virgilio, si se logra regresar a donde las «estrellas se deslizan por el callado cielo»,2 del centro a la periferia del laberinto, el descenso al inframundo es el más fructífero de los aprendizajes. Nuestro problema como cultura está en que nos hemos detenido indefinidamente en su umbral y hemos hecho de este un improbable hogar.


  1. Aquí el mitologema del vuelo nocturno puede ser visto como la polaridad centrífuga de la espiral (0.5), una suerte de anábasis que más que huir del laberinto, lo eleva a un nivel superior, el cósmico. ↩︎
  2. Virgilio, Eneida, Libro III, 515. ↩︎

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