El orden de generación divino que pone primero a Gea, tierra y madre, y luego a Urano, cielo y padre, parecería reproducir a grandes rasgos la sucesión histórica de un orden matriarcal a uno patriarcal en el territorio eurasiático. Entre los rituales y mitologemas del pasado remoto que fueron adoptados y reproducidos por las culturas patriarcales encontramos un tipo particular de danza en corro de las islas de Creta y Delos que imitaban el ritual de apareamiento de la grulla y «representaban el sinuoso recorrido de Teseo y sus acompañantes a través del laberinto».1 Este baile helicoidal debió estar dedicado originalmente a la luna pero cuando fue asimilado por las culturas patriarcales se transformó en un ritual para ayudar al sol en su recorrido celeste.
Con el tiempo este ritual se convirtió en un drama cósmico que describía el recorrido elíptico del sol entre los solsticios de verano e invierno en el hemisferio norte. El laberinto, entendido como una espiral ascendente y descendente por la cual se oculta y vuelve a aparecer el sol, es la forma básica que subyace a estos mitos (0.5). Fue así que el centro del laberinto pasó a ser la prisión del sol, de la que debía ser liberado por un héroe como Teseo. Esta prisión solar también era, en el nivel microcósmico, una prisión de la consciencia y lugar donde se origina su brillo. Salir del laberinto implicaba no solo liberar al sol sino también despertar a una nueva forma de percibir el mundo. «La superación de pruebas como la lucha contra monstruos o el descenso al inframundo», dice Hella Haasse,
constituía una parte importante de estas formas de culto al sol. En las llamadas regiones arias, este rito incluía, junto a la espiral o símbolo circular del sol, la figura del héroe que tras salir victorioso en la batalla se erigía en líder ejemplar para todos.2
Un líder que con su salida del laberinto solar adquiría las características propias de un rey. La idea de un guerrero que adquiere la soberanía no por derecho de nacimiento sino por sus hazañas parecería confirmada por la costumbre nupcial de Roma primitiva según la cual jóvenes extranjeros debían batirse en duelo por la posición de rey, que conllevaba el derecho a desposar a la princesa y sacerdotisa local; era ella quien transmitía el derecho al trono a sus hijas. Por supuesto, esta costumbre matrilineal no duró mucho tiempo. Para el siglo V a.C, con la muerte de Tarquinio Prisco, quinto rey de Roma, su mujer le otorgó soberanía al esposo de su hija, Servio Tulio, sin necesidad de un combate con otros pretendientes al trono. La idea de un linaje androcéntrico empezaba a consolidarse.
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