En El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral, Julian Jaynes elabora una intrigante hipótesis sobre las raíces de la autoconciencia y de las jerarquías humanas. A grades rasgos, el humano primitivo, dada una estructura neurológica “bicameral”, estuvo dotado para “escuchar” las voces de los dioses a través de alucinaciones auditivas que lo ponían en contacto con una parte del cerebro que los humanos modernos hemos relegado al inconsciente. Por supuesto, esto no significa que la idea de dios pueda ser descartada como una simple alucinación, se trataría más bien de una organización radicalmente distinta del sistema nervioso. «Los dioses no fueron en ningún sentido “ficciones de la imaginación” de alguien», dice Jaynes, «fueron la volición del hombre».1
Según Jaynes, durante los albores de la civilización, esta facultad alucinatoria se centró en la figura de un dios-rey que podía escuchar los mandatos divinos y transmitirlos a su pueblo. Sin embargo, la explosión demográfica, la creciente complejidad de las sociedades humanas de la Edad de Bronce y la aparición de la escritura debilitaron considerablemente la capacidad bicameral de los soberanos para escuchar a sus dioses. Un ejemplo de esta transición sería el reinado del rey babilónico Hammurabi que dejó un código legal con 282 pronunciamientos de un número de dioses en un bloque de basalto de dos metros y medio de altura recubierto de escritura cuneiforme. Del código de Hammurabi, dice Jaynes, resalta «la gran sobriedad de las palabras, muy en contraste con la palabrería belicosa del prólogo y el epílogo»,2 que habrían sido escritos directamente por el rey.
En verdad parecen dos “hombres” muy distintos, y, en el sentido bicameral, creo que lo fueron. Son dos organizaciones del sistema nervioso de Hammurabi integradas separadamente; una de ellas en el hemisferio izquierdo, escribiendo el prólogo y el epílogo y erguida de pie en efigie al lado de la estela, y otra situada en el hemisferio derecho dictando juicios. Y ninguna de ellas estaba consciente en nuestro sentido actual.3
Cinco siglos después del reinado de Hammurabi las condiciones sociales y psicológicas de Mesopotamia habían cambiado radicalmente, la estructura bicameral que le permitía al soberano regir en nombre de los dioses estaba a punto de colapsar. Hacia 1230 a.C., Tukulti-Ninurta I, tirano asirio —identificado en el Antiguo Testamento como Nimrod—, ordenó la construcción de un altar de piedra sin precedentes. En el grabado, Tukulti-Ninurta aparece dos veces:
la primera cuando se acerca al trono del dios y la segunda cuando se arrodilla ante él. Esta doble imagen destaca por sí sola la postura miserable, casi abyecta, desconocida hasta entonces en un rey. Conforme nuestros ojos bajan del rey de pie al rey arrodillado, que está enfrente, percibimos la fuerza del cuadro, similar a la del cine, que en sí es un notable descubrimiento artístico. Pero más notable aún es el hecho de que está vacío el trono ante el cual se arrodilla éste, el primero de los crueles conquistadores asirios.
En la historia, ningún rey apareció de rodillas. Ninguna escena de la historia jamás indicó un dios ausente.4

Altar de Tukulti-Ninurta I
Lejos de la supervisión de los dioses, el reinado de Tukulti-Ninurta I se caracterizó por el exceso. Fue muerto a manos de su propio hijo (1.1) y de sus nobles más conservadores, que lo encerraron en la nueva ciudad que había fundado al otro lado del Tigris y le prendieron fuego dejando que ardiera hasta los cimientos.
Las tablillas cuneiformes de la época dan cuenta de la ausencia de los dioses y el desconsuelo de los hombres:
Mis dios me ha abandonado y ha desaparecido,
Mi diosa me ha fallado y se mantiene a distancia.
Se ha ido el buen angel que marchaba a mi lado
Mi dios no ha vuelto a mi rescate ni me ha tomado de la mano.
Ni mi diosa se ha apiadado de mí, caminando a mi lado.5
Tiglath-Pileser I, uno de los sucesores de Tukulti-Ninurta, encabezó un auténtico régimen del terror. «Sus hazañas son bien conocidas debido a un gran prisma de arcilla, lleno de jactancias monstruosas. Sus leyes han llegado a nosotros en una colección de tablillas llenas de crueldades».6
Desde entonces todos los soberanos han sido herederos del trono vacío de Nimrod.
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