§ 1.4. Híbridos (1)

Si el laberinto es una de las sedes originales de la religión y la soberanía, la historia del constructor de la morada del hacha en Creta es bastante diciente. Dédalo construyó el laberinto por orden del rey Minos, quien quería esconder en el al vástago de la relación entre su esposa, Pasifae, y un toro, animal lunar, que Neptuno le había dado como regalo. Ovidio en las Metamorfosis:

Dédalo, famosísimo por su talento en el arte de la arquitectura, lleva a cabo la obra, confundiendo las señales e induciendo los ojos a error con los sinuosos recodos de múltiples caminos. Así como el cristalino Meandro juega en los campos de Frigia, y fluyendo y refluyendo con ambiguo curso corre hacia su propia corriente […] así Dédalo llena de engaños los innumerables pasajes, y a él mismo le cuesta regresar a la salida, tanto es el artificio de aquella construcción.1

La soberanía puede entenderse como un intrincado laberinto incluso para quien conoce sus recovecos y pasajes. ¿O podemos compararla con el minotauro que se esconde en su centro, un monstruo híbrido que se excluye simultáneamente del mundo de los animales y de los hombres? (0.10). En efecto, el primero de los soberanos humanos, el chamán, es una criatura híbrida, perteneciente tanto al mundo humano como al animal y por ello dividido entre lo terrenal y lo divino. Perpetuo habitante del umbral entre lo natural y lo sobrenatural (0.11). Giorgio Agamben llega a una conclusión similar cuando habla del homo sacer y, por extensión, del soberano, como un caput lupinum o cabeza de lobo, una expresión jurídica que toma a los licántropos como criaturas proscritas y puestas en bando (0.17), y como tal, forzadas a vivir en el umbral entre el bosque y la ciudad.


  1. Ovidio, Metamorfosis. VIII, 191-202. De este pasaje vale la pena resaltar el símil que Ovidio hace entre el laberinto y el río Meandro, que ya había aparecido en el fragmento de la Anábasis de Jenofonte (0.3). Que precisamente este río —famoso por su sinuoso curso que sobrevive en palabras modernas como “meandro”—, figure en la descripción griega más temprana del paradeisos parecería apuntar a cierta calidad laberíntica y desconcertante de los parques de cacería persas que se conecta con la espiral, entendida aquí como la figura primigenia del umbral donde “tiene lugar” el locus terribilis (0.5). ↩︎

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