De los anteriores fragmentos se deriva que la persona de Beau Brummell dejó, hasta cierto punto, de ser tal para convertirse en un personaje, es decir, una máscara literaria (0.13). Su bios pasó de ser una convención real a una imaginaria. Pero visto cuidadosamente puede intuirse que las intenciones de Brummell iban más allá. De los autores citados en la entrada anterior, Hazlitt en particular fue muy perspicaz a la hora de revelar el modus operandi de Brummell y, como bien lo dice en su ensayo, el verdadero arte de Brummell consiste en «sacar algo de la nada», una tarea que requiere necesariamente de penetrar en el umbral entre “algo” y “nada”.
Bien podría ser cierto, como dice Hazlitt, que «es imposible ir más allá que [Brummell] sin caer en la insignificancia y la insipidez: ha tocado el ne plus ultra que separa al dandi del zoquete», o, en otras palabras, que se ha plantado en el umbral ya mencionado. Pero, incluso si es difícil no tomar sus comentarios como simples naderías y trivialidades, hay algo especial en ellos. Unos ejemplos:
Se dice que al encontrarse con un duque en uno de los salones de sociedad, Brummell le preguntó: “¿le llama a esta cosa un abrigo?”. Hazlitt:
De repente, parece un prejuicio vulgar suponer que un abrigo es un abrigo, la más común de todas las cosas comunes, —se alza aquí como una esencia inefable, de modo que un abrigo ya no es una cosa; o que se necesitarían infinitas graduaciones de moda, gusto y refinamiento, para que una cosa aspire a los privilegios indefinidos y los atributos misteriosos de un abrigo. Más fino “engañar” no puede imaginarse.
Esta pulla es simultáneamente audaz, ambigua y, curiosamente, sutil a la hora de sugerir que un objeto no es simplemente un objeto, un asunto en el que profundizaremos en breve. Pero Brummell es aún más audaz a la hora de referirse a sí mismo:
Un día, un amigo fue a visitarlo y lo encontró confinado a su habitación por una lesión en un pie. Al expresarle su preocupación por el accidente, Brummell le respondió muy seriamente “también lo siento”, y continuó diciendo, “¡particularmente porque se trata de mi pierna favorita!”
¿Por qué alguien tendría una pierna más “favorita” que la otra? ¿Acaso las dos no son igual de importantes? Y aún más allá, por qué referirse a una parte del propio cuerpo con un adjetivo comúnmente usado para referirse a una cosa. En este pasaje el Bello Brummell se trata a sí mismo como si no fuera él mismo, como si fuera uno de los objetos que tanto admiraba. Este deseo de suprimirse a sí mismo, a su persona (bios), es aún más evidente en el fragmento de Virginia Woolf sobre la corbata (2.7). «La técnica de anudarse la corbata inventada por Beau Brummell», dice Giorgio Agamben, «verdaderamente digna de un maestro zen, era […] rigurosa en la eliminación de toda intencionalidad […]».
En la abolición de todo rastro de subjetividad del a propia persona, nadie ha alcanzado nunca el radicalismo de Beau Brummell. Con un ascetismo que iguala las técnicas místicas más mortificadoras, borra constantemente de sí mismo todo rastro de personalidad. Este es el sentido, extremadamente serio, de algunas de su boutades, como: «Robinson, ¿cual de los lagos es mi preferido?»1
Brummell, firmemente plantado en el umbral entre algo y nada, quería desaparecer como sujeto, como individuo. ¿Pero qué sucede con una persona cuando desaparece como una entidad capaz de subjetividad? ¿Podría ser que vaciado de subjetividad el dandi se convierta en un objeto?
- Giorgio Agamben, Estancias: la palabra y el fantasma en la cultura occidental, 103. ↩︎
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