§ 2.9. La metafísica de la mercancía

Un breve excurso sobre la naturaleza de los objetos modernos. En la cuarta parte del primer capítulo de El capital, titulada “el carácter fetichista de la mercancía y su secreto”, Marx propone una metafísica de la mercancía:

A primera vista, una mercancía parece un objeto natural, evidente y por sí mismo trivial. Pero, al analizarla, vemos que es algo muy intrincado, lleno de sutilezas metafísicas y de enredos teológicos. Considerada como valor de uso, no encierra nada de misterioso, pues se presenta ante nosotros simplemente como algo que por sus cualidades satisface ciertas necesidades humanas o que sólo adquiere esas cualidades en cuanto producto del trabajo del hombre. Es claro como la luz del día que el hombre, por medio de sus actividades, modifica de un modo útil para él la forma  de las materias que la naturaleza le ofrece. La forma de la madera, por ejemplo, cambia al hacer de ella una mesa. No obstante lo cual, la mesa sigue siendo madera, un objeto sensible como otro cualquiera. Pero, tan pronto como se convierte en mercancía, se transforma en una cosa sensible y a la vez suprasensible. No sólo descansa con sus patas sobre el suelo, sino que se pone de cabeza frente a las demás mercancías y de su cabeza de madera comienzan a brotar caprichosas ocurrencias, mucho más asombrosas que si de pronto y por sí misma la mesa rompiera a bailar.1

Para Marx, esta misteriosa y claramente mística cualidad de la mercancía que la acerca a un fetiche religioso, surge de su separación en dos formas de valor: el valor de uso y el valor de cambio. El primero, que un objeto adquiere al suplir una necesidad humana específica, y el segundo, que viene de su capacidad para adquirir un valor monetario y, como tal, abstracto al entrar al mercado. Mientras el valor de uso expresa “una relación física entre objetos físicos”, el valor de cambio expresa “la relación de valor entre los productos del trabajo en que dicha forma se representa”. Estos productos, sin embargo,

no tienen absolutamente nada que ver con su naturaleza física ni con las relaciones materiales nacidas de ellos. Es simplemente la determinada relación social que media entre los mismos hombres la que reviste aquí, para ellos, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas.2

La sola mención de una “forma fantasmagórica” de la mercancía nos da una idea clara de lo que Marx tenía en mente: una cualidad oculta, inasible y misteriosa que cualquier objeto obtiene al adquirir un valor de intercambio en el mercado y que, en virtud de su inmaterialidad, ejerce un encantamiento que lo acerca a un fetiche primitivo, algo infinitamente más parecido a una imagen o una esencia, que a la mercancía física de donde emana. Pensemos aquí en el “abrigo que no es un abrigo” que examinamos en el punto anterior: su “esencia”, que es abstracta e inmaterial, equivale al valor de cambio, mientras su apariencia, evidentemente material, determina su valor de uso.3

Así pues, el aura mágica que rodea a la mercancía, la raíz misma de su poder de atracción y encantamiento, es el producto de su disociación en dos formas simultáneas de valor, que sin embargo no pueden ser percibidas simultáneamente por los sentidos. O se percibe su valor de uso, valga la redundancia, usando al objeto, o se tiene una impresión abstracta de su valor de intercambio, pero como una de esas figuras dobles que al ser vistas de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba muestran el rostro de una joven o de una anciana, no es posible percibir, y sobre todo, disfrutar ambas formas de valor a la vez. Para Marx esta metafísica de la mercancía constituía la “célula germinal” del capitalismo. Visto así, no es en absoluto extraño que los humanos que viven en este sistema económico se “contagien” de esta metafísica a través de las operaciones del mercado.  

La pregunta entonces sería: ¿podría haber una relación abierta entre la metafísica de la mercancía y la del dandismo (2.3)? Según Agamben este es el caso.


  1. Karl Marx, El Capital, 72. ↩︎
  2. Ibíd., 73. ↩︎
  3. Aquí es importante aclarar que considerar al valor de cambio como una “esencia” presenta un problema en el pensamiento marxiano. Según Marx, toda forma de valor es abstracta e inmaterial pero no por ello esencial. Podría entonces hablarse del valor como una sustancia pero esto tampoco es enteramente cierto. El valor en el pensamiento de Marx es algo exterior, abstracto e inmaterial, que las mercancías adquieren al ser comparadas unas con otras en el mercado. Así pues, al comparar el abrigo de Brummell con la mercancía debemos limitarnos a hablar del valor como aquello que parece abstracto e inmaterial, pero que sin embargo está atado a su existencia material. Es algo más parecido a una imagen o un fantasma, en el significado medieval y renacentista de la palabra. ↩︎

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