§ 2.11. Una mercancía absoluta

Charles Baudelaire, dandi de pelo verde y padre del espíritu vanguardista, vivió de primera mano el surgimiento del reinado de la mercancía. Como el agudo y sensible pensador que era entendió tempranamente que si la obra de arte iba a sobrevivir en el irresistiblemente seductor mundo de la mercancía moderna, sería por que estaba en condiciones de competir a la par con esta. A grandes rasgos, nos dice Agamben, la situación era la siguiente:

Una vez que la mercancía hubiera liberado a los objetos de uso de la esclavitud de ser útiles, el confín que separaba de estos últimos a la obra de arte y que los artistas, a partir del renacimiento, habían trabajado incansablemente para edificar, estableciendo la supremacía de la creación artística sobre el “hacer” del artesano y del obrero, se hacía extremadamente precario.1

La obra de arte como hacer creativo, notó Baudelaire, estaba en peligro de extinción. El ataque venía de dos frentes. No era solo que la mercancía amenazaba con cambiar por completo el carácter de los objetos cotidianos, además de esto, las técnicas de reproducción daban al traste con la idea de originalidad implícita en el hacer artístico, un tema que décadas después Walter Benjamin trataría con especial lucidez. La solución de Baudelaire fue tan audaz como arriesgada: si la mercancía había invadido la cotidianidad, el arte no debía quedarse atrás. Para ello la obra de arte debía convertirse en una suerte de mercancía, pero una que no estuviera sujeta «a la tiranía de lo económico y a la ideología del progreso»2. Así pues, debía integrarse a la vida diaria, como ya lo había hecho la competencia, pero debía hacerlo bajo sus propias reglas. La obra de arte, nos dice Agamben, debía convertirse en una mercancía absoluta, un nuevo tipo de objeto «en el cual el proceso de fetichización se llevase adelante hasta el punto de anular la realidad misma de la mercancía en cuanto tal:

Una mercancía cuyo valor de uso y valor de cambio se anulan recíprocamente, y cuyo valor consiste por eso en la inutilidad y su uso en su intangibilidad misma no es ya una mercancía: la mercantilización absoluta de la obra de arte es también la abolición más radical de la mercancía.3

Sin que Baudelaire lo supiera, su plan de una mercancía absoluta ya lo había llevado a cabo hasta cierto punto el dandismo y, en particular, Beau Brummell. No obstante, en el caso del dandi la anulación del valor de uso y la exacerbación de la intangibilidad del valor de cambio desemboca necesariamente en la transformación de la persona (máscara) en una mercancía y no en su desaparición como tal. Al estar plantando en un umbral, el dandi mira simultáneamente en dos direcciones: quien quiera que se eleve como cosa simultáneamente se degradará como mercancía. La anábasis del objeto es la catábasis de la mercancía (0.5, 0.7, 0.8). Brummell encarna el mecanismo a través del cual el humano desaparece como tal y se convierte en un producto disponible en el mercado (0.19).

La fama ha tenido una fecha de vencimiento (shelf-life) desde un principio.


  1. Agamben, Estancias, 86. ↩︎
  2. Ibíd., 87. ↩︎
  3. Ibíd., 87-8. ↩︎

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