§ 2.10. Fetiche

Balzac, que conoció a Brummell durante el exilio de este en Calais, argumenta que «el hombre, al hacerse dandi, se convierte en un mueble de tocador, un maniquí extremadamente ingenioso que puede posar sobre un caballo o un canapé […]»1. Al hacerse dandi, el hombre se convierte en un objeto, una efigie de cera que representa la nueva soberanía secular (1.14). Esto, sin embargo, no es necesariamente una degradación. En efecto, Barbey d’Aurevilly sugiere que, al representar el dandismo en su estado más puro y vaciarse como sujeto, Beau Brummell «se elevó al rango de objeto». (il s’éleva au rang d’une chose)

El colapso del dandi en un objeto indica la intersección de la metafísica del dandismo (2.3) y la metafísica de la mercancía (2.9). Al elevarse al rango de una cosa, Brummell renuncia al valor de uso de sí mismo (¿para qué sirve un dandi?) para concentrarse en el valor de cambio que convierte a cualquier mercancía en un fetiche, en un objeto encantado. En el caso del dandi, el valor de cambio es el estatus, la forma fantasmagórica e inmaterial, que se desprende de su presencia física y su posición social. Desde este punto de vista el dandi es un humano mercantilizado o, mejor aún, un humano con forma de mercancía, un humano-mercancía. Al carecer de una verdadera subjetividad y asemejarse a un producto, este humano-cosa es, hasta cierto punto, inhumano. Es más, podría argumentarse que en cuanto objeto, la celebridad pertenece al linaje del homo sacer: se trata, como el devotus, de un “muerto viviente” que ha dejado de estar en el ordenamiento jurídico del mundo de los vivos para entrar en el ordenamiento pecuniario del mercado.


  1. Honoré de Balzac, Tratado de la vida elegante, 73. ↩︎

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