In Los Ageless, the winter never comes
In Los Ageless, the mothers milk their young
But I can keep running
No, I can keep running
The lost sages hang out by the bar
Burn the pages of unwritten memoirs
But I can keep running
No, I can keep running
How can anybody have you?
How can anybody have you and lose you?
How can anybody have you and lose you
And not lose their minds, too?
St. Vincent, Los Ageless
Durante la segunda mitad de los años ochenta decenas y luego cientos de antenas parabólicas empezaron a aparecer en los patios y tejados de mi ciudad natal. Bogotá, acostumbrada durante décadas a tres canales nacionales, empezó súbitamente a recibir transmisiones de varios satélites. Durante un tiempo mis amigos de barrio y yo dejamos de salir a jugar y nos dedicamos a descifrar y memorizar la nueva programación. Había mucho en oferta: Disney Channel tenía el Mickey Mouse Club, primero en blanco y negro y luego una versión renovada con muchos actores que pronto serían estrellas, como Britney Spears, Christina Aguilera y Ryan Gosling. Descubrimos que Disney también producía una variedad de dibujos animados, películas con gente real y programas de televisión de los que nunca habíamos oído hablar; un grato cambio en un momento en que las películas de Hollywood tardaban aproximadamente un año en llegar a Colombia. Por otro lado estaban los canales de películas como HBO y Cinemax y los canales Pay Per View que solo se podían ver, en brillantes colores solarizados, al cambiar rápidamente entre canales. Una nueva capa mediática, mucho más atractiva que la ya existente, se había posado sobre la mente colectiva de mi país. Un nuevo episodio de tecno-colonialismo estaba en el aire.
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