En enero del 2013 la foto de un soldado francés apostado en Mali cuyo rostro estaba cubierto con una pañoleta con los siniestros rasgos de una calavera y gafas de protección apareció en varios periódicos y páginas de internet; un escándalo se produjo rápidamente. El ejército francés declaró en el periódico Libération que tal comportamiento era inaceptable y que la imagen no era representativa de las acciones de Francia en Mali, que por entonces intentaba recuperar el control del país de manos de fuerzas asociadas a Al Qaeda. Vi la fotografía en las Lecturas dominicales y pensé que pocas veces ha surgido una imagen tan emblemática de la intervención de los poderes colonialistas europeos en África; era escandalosa precisamente por las relaciones que evocaba con tanta facilidad.
Resultó ser que el motivo de la calavera usado por el soldado había sido popular desde hacía unos años en la moda informal, en particular por su relación con la festividad mexicana del Día de Muertos. Para 2010-2011 ya había figurado en las colecciones de Alexander McQueen y Vivienne Westwood. Algunos comentaristas especularon que una de las posibles inspiraciones para el atuendo del soldado francés era un personaje del videojuego Call of Duty que usa una combinación muy similar de máscara facial y gafas protectoras. Súbitamente la calavera dejó atrás sus tradicionales significados religiosos y metafísicos para convertirse en la expresión de una genuina estética de colonización, terror y muerte.
Un año más tarde, mientras caminaba por un centro comercial, me topé con la publicidad de la campaña de otoño de 2014 de Marc Jacobs. En ella aparecían una serie de jóvenes con atuendos coloridos inspirados en la moda para motocross y los contornos de viejas consolas de videojuegos. La palabra “revolución” aparecía en algunas de las prendas. Pero había una de las fotos que resaltaba del conjunto: era una chica de pelo rosado trenzado, con la nariz y la boca cubiertas por una pañoleta de calavera. Una de la imágenes con mayor carga política de los últimos años había pasado de la cultura popular a un campo de batalla y de ahí a una pasarela de alta costura. La imagen de la calavera había dado la vuelta completa: había sido secularizada, empacada para prêt-à-porter, convertida en un emblema de dominación para, finalmente, reaparecer en las pasarelas como una expresión involuntaria de terror y muerte. Un signo de los tiempos.
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