Los anteriores ejemplos muestran claramente el acento biopolítico de la moda contemporánea como también el proceso de secularización que he venido elaborando en este estudio. La moda se ha convertido en un arma más en la lucha por la soberanía. Como ya vimos en el segundo capítulo (2.12) la secularización, además de una disociación de los intereses espirituales o religiosos, implica un encerramiento del sujeto y sus capacidades naturales en el reino de la mercancía. En su fase más reciente este proceso toma una nueva forma: la apropiación, vaciado y mercantilización de estéticas y símbolos contraculturales por parte del establecimiento como estrategia para extender el alcance de sus operaciones. De este modo componentes estéticos de subculturas como el punk han pasado a la cultura dominante. El cuero, los taches, las calaveras y las medias rasgadas, perdieron sus significados originales y fueron asimilados, digeridos y reempacados como formas aceptables de subversión. Es así como el “totalitarismo blando” absorbe de modo efectivo cualquier intento de oposición (5.4), su mecanismo predilecto es la banalización.
Ahora, el hecho de que símbolos que solían representar rebelión y descontento ahora representen sujeción y conformidad apunta a una perdida generalizada de interioridad con su concomitante pérdida de libertad. Pues la libertad, en palabras de Marcuse,
implica la existencia de una dimensión interior separada y hasta antagónica a las exigencias externas; una conciencia individual y un inconsciente individual aparte de la opinión y la conducta pública. La idea de “libertad interior” tiene aquí su realidad; designa el espacio privado en el cual el hombre puede convertirse en sí mismo y seguir siendo “él mismo”.
Hoy en día este espacio privado ha sido invadido y cercenado por la realidad tecnológica. La producción y la distribución en masa reclaman al individuo en su totalidad […]1
La sociedad entra en una fase ballardiana, dice Pablo Capanna, cuando la tecnología habiendo cambiado al paisaje empieza a invadir nuestras mentes.2 El exterior suplanta al interior y viceversa. Que nuestro ser interior —nuestra psique o intracorporalidad si se quiere (4.3, 4.10)—, ya haya sido invadida por la tecnología y los medios como si se tratara de una extensión más de los territorios ocupados por el colonialismo tradicional, solo puede señalar su eventual desaparición. Este es el estadio final de la secularización: un mundo poblado de personas (máscaras) homogeneizadas y completamente carentes de interioridad, el mundo-centro comercial descrito por Marilyn Manson (3.3.3). Estos humanos, fabricados a diario por la industria de la entretenimiento, encarnan una paradójica inversión histórica:
el viejo sueño cristiano de identidad profunda de los hombres detrás de las diferencias de apariencia se volvió, al perder su contenido religioso, una identidad de interioridades, que no giran hacia la salvación sino que sencillamente se llenan con el oropel inconsciente del entretenimiento industrial. La actualidad del conformismo se resume en el fin de la diferencia de interioridades.3
El comentario de Michael A. Weinstein según el cual «la mente está en camino de ser exteriorizada nuevamente» (5.2), está conectada con la hipersecularización elaborada por Redeker (5.3). La mente exteriorizada en los medios de comunicación (que están siendo simultáneamente “interiorizados” en el lo que sea que quede del “yo”) y el cuerpo entendido como una superficie, son variaciones modernas de la mente colectiva de las religiones mistéricas y de las primeras comunidades cristianas. La homogenización interior y exterior implícita al consumismo es una versión más de la “mente-colmena” de la religiones primitivas. Una regresión a una forma previa de consciencia.
Deja un comentario