§ 6.10. Paradeisos americano

Los conquistadores españoles se adelantaron por unas décadas en hacer realidad la infame pesadilla de Enrique III de Francia (6.8). Como soberanos en una enorme menagerie de seres humanos que consideraban como la encarnación misma de la alteridad, durante la primera mitad siglo XVI los adelantados convirtieron al Caribe y buena parte del continente americano —un genuino paraíso terrenal en cuanto a variedad y abundancia de recursos naturales—, en un gigantesco parque de cacería. Si los jardines reales de Moctezuma eran grandes en comparación con los zoológicos europeos de su momento, los españoles convirtieron al “nuevo mundo” en su propio parque de cacería.1 Este, sin embargo, era un paradeisos que carecía de muros. A medida que nos acercamos a la modernidad las paredes que rodean al parque de cacería dejan de ser físicas y adquieren la capacidad de convertirse en ficciones legales. 

Que los conquistadores españoles vieron el territorio americano como una suerte de Edén está más allá de cualquier duda (6.9). Al respecto, en su Brevísima relación de la destruición de las Indias (1552), Bartolomé de las Casas comenta: 

Este reino de Yucatán estaba lleno de infinitas gentes, porque es la tierra en gran manera sana y abundante de comidas y frutas mucho (aún más que la de México), y señaladamente abunda de miel y cera más que ninguna parte de las Indias de lo que hasta agora se ha visto. […] La gente dél era señalada entre todas las de las Indias [los mayas], así en prudencia y policía como en carecer de vicios y pecados más que otra, y muy aparejada y digna de ser traída al conocimiento de su Dios, y donde se pudieran hacer grandes ciudades de españoles, y vivieran como en un paraíso terrenal (si fueran dignos della); pero no lo fueron por su gran cudicia e insensibilidad y grandes pecados, como no han sido dignos de las otras muchas partes que Dios les había en aquellas Indias demostrado.2

Es más que evidente que los conquistadores le sacaron su lado más siniestro al paradeisos americano. El carácter de América durante la conquista como un parque de cacería es particularmente evidente en un pasaje que resalta por su sadismo:

En este reino o en una provincia de la Nueva España, yendo cierto español con sus perros a caza de venados o de conejos, un día, no hallando qué cazar, parecióle que tenían hambre los perros, y toma a un muchacho chiquito a su madre, y con un puñal córtale a tarazones los brazos y las piernas, dando a cada perro su parte, y después de comidos aquellos tarazones, échales todo el corpecito en el suelo a todos juntos.3

Aunque sea casi imposible comentar algo respecto a tal crueldad, no es difícil ver que en términos legales los conquistadores operaban en un territorio que carecía de reglas definidas, es decir, en una zona de excepción. Este hecho es especialmente evidente en el edicto de 1513, más conocido como el Requerimiento, que justificaba de la manera más absurda y arbitraria la invasión y exterminio de los habitantes del continente americano al apresarlos tras una muralla legal completamente incomprensible para ellos. Dicho edicto, que debía ser leído en voz alta antes de arrasar con un aldea, contenía líneas como estas: 

Caciques e indios desta Tierra Firme de tal pueblo, hacemos os saber que hay un Dios y un Papa, y un rey de Castilla que es señor de estas tierras. Venid luego a le dar obediencia, etc. Y si no, sabed que os haremos guerra, y mataremos, y captivaremos, etc.4

Leer un edicto en castellano a gentes que jamás habían escuchado esta lengua era un acto tan perfectamente obtuso que muchos de los encargados de la tarea se limitaban a mascullarlo entre barbas y dientes antes de masacrar a una aldea. Consciente del hecho, de las Casas comenta que «los que no venían tan presto a cumplir tan irracionales y estultos mensajes, y a ponerse en las manos de tan inicuos y crueles y bestiales hombres, llamábanles rebeldes y alzados contra el servicio de Su Majestad». Esto, por supuesto es ridículo, pues «ninguno es ni puede ser llamado rebelde si primero no es súbdito»5, pero es aún más absurdo que aquellas poblaciones que ponían resistencia podían, desde un punto de vista estrictamente legal, ser consideradas “rebeldes” en cuanto, durante la conquista, los territorios descubiertos por España —junto con todas sus gentes—, empezaban a pertenecer inmediata y automáticamente a la Corona de Castilla y formar parte integral de ésta desde ese momento. 

Una determinación legal que convirtió a los habitantes de todo un continente en homines sacri por decreto (1.13).


  1. Si el estimado de población mundial para 1550 d.C era quinientos millones y el número de indígenas que murió durante los primeros setenta años de barbarie desde el descubrimiento de América está por los setenta millones, el resultado de la conquista habría sido la aniquilación del 14% de la población humana en menos de un siglo. ↩︎
  2. de las Casas, Brevísima, 126.      ↩︎
  3. Ibíd., 128. ↩︎
  4. Ibíd., 97.  ↩︎
  5. Ibíd., 112. ↩︎

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