En la región italiana del Lacio, entre Viterbo y Orte, hay un camino etrusco que recorre el valle de Bomarzo. Originalmente un lugar de culto a la Gran Diosa, fue ocupado durante la Edad de Bronce por una cultura patriarcal que adaptó sus santuarios al culto de sus deidades masculinas. Para el siglo VII a.C, luego de que Roma asumiera el liderazgo de la Liga Latina, el valle empezó a ser un lugar consagrado a Marte, que le da su actual nombre: Polimartium (Polimarzo y más adelante Bomarzo), la ciudad de Marte. Así, la acrópolis del lugar, ubicada en unas de las cimas del valle, le pertenecía al dios de la guerra, mientras «todo lo relacionado con los secretos de la fertilidad y la muerte tenía lugar abajo en el valle. Los demonios permanecían próximos a la tierra, bajo la sombra de los árboles y en las cuevas que conducían al inframundo»1. Era con razón que lo romanos llamaban al bosque de robles y olmos que cubría el valle con el nombre de sacer —simultáneamente sagrado y profano—, un umbral topográfico que se ha mantenido como tal hasta nuestros días. (0.12)
Es comprensible que un lugar asociado a las antiguas diosas de la tierra y otros poderes ctónicos fuera considerado ya bien encantado o maldito durante la Edad Media, hasta que Pier Francesco Orsini (1523-1583), duque de Bomarzo, decidiera construir un extraño parque en el valle. Los jardines de Bomarzo, también conocidos como el parco dei mostri (parque los monstruos) o el sacro bosco (bosque sagrado), siguen un intrincado diseño en terrazas poblado por un conjunto de esculturas grotescas y crípticas que más que complacer, apuntan a sorprender e inquietar al visitante. El significado y la configuración de las esculturas y del parque mismo continúa siendo un misterio. Según algunos especialistas estas habrían sido inspiradas por Jerusalén liberada de Torquato Tasso, aunque resulta más probable que la inspiración haya sido la novela de caballería Floridante, de su padre Bernardo, que fue amigo cercano del duque. Otros especialistas encuentran referencias a Orlando Enamorado de Boiardo y Orlando furioso de Ariosto. Sin embargo, ninguna de estas obras literarias da cuenta total de la calidad surreal y el significado alegórico de las esculturas de Bomarzo y el recorrido que estas proponen. El parque mismo es el heredero de una tradición mucho más grande que se remonta a la antigua Roma «en forma de bosque sagrado o Campos Elíseos, diseñados como obras de paisajismo con fuentes y esculturas [que] sugerían una relación entre la naturaleza, los dioses y el mundo de los hombres»2. En pocas palabras, una tradición que hacía uso de los elementos básicos del locus amoenus.
Un breve inventario de las esculturas del parque, al que se accedía originalmente por el fondo del valle: a la entrada, a un lado y otro del sendero, encontramos a una tortuga gigantesca que lleva sobre su caparazón a una mujer que parece estar tocando una trompeta (una fama) y una enorme cabeza con las fauces abiertas (un Orco). Estas dos esculturas parecen ofrecer una elección, un camino ascendente (anábasis), que lleva a un nivel superior, y otro descendente que lleva, a través de la boca del orco, al inframundo (catábasis). Más adelante por el primer camino estaba la fuente de Pegaso, símbolo de la inspiración poética, que invitaba a beber de sus aguas, de modo que el visitante entrara a un mundo de la imaginación. A través de un tramo de bosque hay un par de grutas habitadas por ninfas desde donde se puede ascender por una escalera hasta una casa inclinada, después de la cual empezaba un nuevo nivel poblado por gigantes. Un dragón atacado por dos leones, dos titanes que luchan a muerte, un elefante que arrolla a un legionario con su trompa. A medida que se asciende las esculturas se hacen más gigantescas y las escenas más primitivas y grotescas. La calidad inquietante de estas figuras y los elementos del conjunto (agua y fuentes, abundante sombra) forman un perfecto locus ambiguus en el que podemos apreciar la interpenetración entre ameno y terrible que caracterizan a nuestro paradeisos (0.24, 0.27).
Por otra parte, los jardines de Bomarzo poseen una inequívoca calidad laberíntica (0.5, 0.7, 1.2, 1.3, 1.4, 3.3, 4.9), expresada no en una estructura geométrica concéntrica sino en el hecho de que
desde ningún punto del parque es posible abarcar con la vista el conjunto entero: cada nivel representa una nueva fase del proceso, un nuevo estado de las cosas.3
El sacro bosco de Bomarzo está diseñado como un viaje ascendente (y potencialmente descendente) a lo largo de una espiral alegórica, la misma figura que traza el paso del purgatorio al paraíso terrenal en la Divina comedia (6.5). Así pues, no es en absoluto gratuita la aparición de una entrada al averno en el parque, implícita desde la antigüedad en los ritos de fertilidad y muerte que tenían lugar en el fondo del valle.
Enmarcando las fauces del Orco encontramos una inscripción grabada en la roca: ogni pensiero vola (todo pensamiento vuela), una invitación a dejarse llevar por el poder de la imaginación. Según un rumor, el desgastado umbral originalmente decía lasciate ogni pensiero voi ch’entrate (“vosotros que entráis, abandonad todo pensamiento”), un claro eco de la leyenda que Dante puso a la entrada del Inferno, lasciate ogni speranza, voi ch’intrate, “vosotros que entráis, abandonad toda esperanza.” (0.6).
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