A la historia de la descendencia de Noé la precede una singular anécdota que parecería caprichosa. Un día el patriarca se emborrachó con vino hasta quedar tirado medio desnudo en su tienda. Cam, el padre de Canaán, lo encontró así y fue a contarle a sus hermanos, Sem y Jafet, que tomaron una manta para cubrir a su padre caminando hacia atrás y mirando en otra dirección. Al despertarse, Noé se dio cuenta de lo sucedido y profirió la siguiente maldición contra Canaán, hijo de Cam:
¡Maldito seas Canaán!
¡Será el esclavo más bajo de sus dos hermanos!
Luego añadió:
“Que el señor mi Dios bendiga a Sem, y que Canaán sea su esclavo.
Dios permita que Jafet pueda extenderse; que viva en los campamentos de Sem y que Canaán sea su esclavo.”
Eliot Weinberger interpreta esta historia en clave sociopolítica: «los hebreos creen que son semitas, los descendientes de Sem. Los cananeos—todos los pueblos nativos conquistados—descienden de Canaán. Puesto que resulta evidente que los hebreos no serán capaces de vencer a los Filisteos, y han de compartir el territorio, éstos serán los herederos de Jafet, que vivirá, no obstante, en las tiendas de Sem».1 El libro del Génesis nos presenta un relato sobre el poder y la supremacía que crea una de las primeras castas de chivos expiatorios para justificar el predominio de una etnia y su cultura sobre un territorio. En su ensayo Weinberger examina la asociación que existe entre esclavitud y la descendencia de Cam y Canaán hasta bien entrado el siglo XIX.
Entre tanto, dada la dificultad de encajar a todos los pueblos del mundo en las tres categorías ofrecidas por la descendencia de Noé, se especuló extensamente sobre el destino de las tribus perdidas de Israel que, según los mormones, habrían emigrado al continente americano. Fuera de especulaciones, otras razas ya habían querido arrogarse el manto de pueblo elegido que caracterizaba a los hebreos. Los ingleses por ejemplo mantuvieron una tradición (que más que tal se trata de un sublime ataque de etnocentrismo) que ponía a Sem a la cabeza de su genealogía:
Fue una propuesta de Beda el Venerable, continuada por Geoffrey de Monmouth y los copistas medievales, y que luego suscribieron Milton, Cromwell, Blake y la Reina Victoria, entre muchos otros, y según la cual los ingleses se tenían por descendientes de los israelitas— al encontrar refugio en la isla en tiempos antiguos y por eso de sangre más pura que los judíos de la actualidad—o, gracias a la renovada interpretación de determinados pasajes de la escritura, por reemplazo del pueblo elegido de Dios. Inglaterra, como el poema de Blake y el himno ulterior, era la nueva Jerusalén. Por eso la continuada insistencia en que Inglaterra es diferente al resto de Europa y no parte de ella, de una mayor tolerancia relativa, e histórica, a los judíos, y del rumor de que los varones de la realeza siempre han sido circuncidados.2
Este manto de pueblo elegido, cuidadosamente cultivado por puritanos como Richard Mather y John Cotton, pasó a nuestro lado del Atlántico con los colonos ingleses, que trasladaron el emplazamiento de la tierra prometida y el jardín del Edén del Levante a las colonias de Nueva Inglaterra. Los conquistadores españoles, por supuesto, fueron los primeros en declarar a América “paraíso terrenal”, un paradeisos que exigía el exterminio de millones de los habitantes originales de este continente (0.3). Los imperios siempre se han sentido elegidos y divinamente ordenados.
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