En el Roman de la Rose encontramos una representación del paraíso terrenal bajo uno de sus disfraces medievales: el jardín de las delicias. La primera parte del poema, compuesta por Guillaume de Lorris hacía 1230, tiene lugar en un jardín amurallado:
Muy alto era el muro, y en forma cuadrada,
el cual encerraba por cada lugar,
a modo de seto, al jardín aquel,
donde nadie entrara, ni un sólo pastor.
Se hallaba el jardín en lugar precioso
y a aquel que me hiciera penetrar en él,
o por escala o de otra manera,
siempre le estaría muy agradecido.
Pues gozo tan grande, placer tan inmenso
no sintiera nadie, según mi entender,
como el que venía de tan buen jardín.1
Al entrar al jardín, el amante—personaje central del poema—, se encuentra con todas las marcas del locus amoenus: hay árboles exóticos con fragantes flores y abundantes frutos y grupos de personas jugando y bailando en corro. Los animales, encarnación del otro, se pasean libremente por el jardín. Curiosamente, el poema habla de arroyos de aguas cristalinas que corren por canales en la sombra, pero establece que no tienen sapos y ranas, confirmando así la aversión por criaturas liminares como los anfibios y reptiles (0.24).
Como en el Edén bíblico, en el jardín de la delicias también hay un enemigo al acecho, pero esta vez en el más dulce de los disfraces. Mientras el amante se pasea tranquilamente por el jardín admirando su belleza y la de sus habitantes, el dios Amor lo acecha desde la distancia, armado de su arco y flechas. Una vez el amante ha encontrado la fuente de Narciso y ha visto reflejada en ella la Rosa que se convierte en el objeto de su Amor, cupido tensa su arco,
[…] el cual era de una gran potencia,
y apuntó hacía mí, con tal puntería,
que a través del ojo me alcanzó en el cuerpo
con una saeta muy aguda y fina.2
Si bien la idea de Amor como un enemigo es ajena al poema, su papel de cazador es claro y Amor se vuelve hostil en cuanto empezamos a ser presas de sus maquinaciones. Cabe recordar aquí que la palabra para cazador en latín, venator, viene de la raíz wen, que expresa deseo y da lugar al nombre de Venus, diosa del amor y la belleza (0.26). Como veremos en el capítulo 9, este tipo de cacería, de acecho a través de los deseos del individuo, es una de las variedades más importantes de hostigamiento en nuestro paradeisos contemporáneo.
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