Si bien el romaní —la lengua de los romaníes o gitanos—, es un macrolenguaje con divergencias tan pronunciadas como aquellas de los lenguajes eslavos, se trata de una lengua sin territorio, perpetuamente al margen de cualquier tipo de cerramiento. En efecto, muchas comunidades romaníes hablan lenguas híbridas entre el lenguaje circundante y el romaní, circunstancia que ha dado lugar al surgimiento de variedades de para-romaní que deben ser diferenciadas del concepto de dialecto. Algunas de estas mezclas no guardan características estructurales del romaní y solo mantienen palabras del léxico de algún dialecto específico.
Esta facilidad para la hibridación lingüística es inseparable de la marginalidad de las comunidades gitanas y del locus donde esta tiene lugar, el campamento. El romaní no es la lengua de un “pueblo” y como tal no ha sido regulada gramaticalmente por un estado, es una lengua tan errante como la “banda” que la produce. Una lengua nómada en su flexibilidad sintáctica y léxica. Se trata de un lenguaje “vivo” o “silvestre” que al haber crecido al margen de las sociedades sedentarias no ha sido codificado y congelado por instituciones identitarias especialmente encargadas de su cuidado. En vista de lo anterior, podemos proponer que el lenguaje flexible y en movimiento es propio del campamento, como el lenguaje estático y gramaticalmente adecuado es propio del estado.
El problema de los lenguajes no regulados como el romaní es que al mezclarse con los lenguajes circundantes pierden la capacidad de documentar su propia identidad, lo cual explica que haya sido a través de la genética y no de la lingüística que se ha podido desentrañar el misterio del origen de los gitanos, que provienen del norte de la India y no de Egipto, como se creía tradicionalmente. En palabras de Agamben: «la encuesta etnográfica se hace en este caso imposible porque los informadores mienten sistemáticamente»1. Esto nos lleva a afirmar que las lenguas no reguladas no son un instrumento fiable para el registro de la historia de un pueblo y la formación de una conciencia histórica.
En efecto, Hanna Arendt identifica a la conciencia histórica como uno de los factores que, tras la emancipación de las naciones de la dominación dinástica, dio lugar a la formación de identidades nacionales a través de sus lenguas vernáculas, que ya referimos en el punto anterior como la relación entre lengua y pueblo. Así pues, «pareció que aquellos pueblos cuyo lenguaje era apto para la literatura habían alcanzado la madurez nacional per definitionem»2. Visto de este modo, un pueblo itinerante como los romaníes nunca ha tenido la más mínima oportunidad de establecerse como nación o de obtener algún tipo de estatus jurídico duradero por parte de cualquier pueblo legalmente constituido. Como pueblo (banda), los romaníes son legalmente invisibles.
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