Es de esta situación de bando (0.17) autoimpuesto de donde parte Agamben para exponer la fragilidad de uno de los conceptos fundamentales del discurso político moderno: la relación conceptualmente problemática e incómoda entre pueblo y lengua. Pues, nos dice,
la relación gitanos-argot pone radicalmente en tela de juicio tal correspondencia en el momento mismo en que la recupera paródicamente. Los gitanos son al pueblo lo que el argot es a la lengua; pero, en el breve instante en que la analogía se mantiene, proyecta una luz fulgurante sobre la verdad que la correspondencia lengua-pueblo estaba destinada a encubrir: todos los pueblos son bandas y “coquilles”, todas las lenguas son jergas y “argot”.1
Visto así, todo pueblo y toda lengua vendrían a ser zonas de tránsito entre identidades culturales, umbrales que expresan la indeterminación básica de la cultura humana, y no en lo que han devenido en la era moderna: «el hueco soporte de la identidad estatal»2. La tendencia del paradeisos moderno a encerrar a sus poblaciones en estados nación (0.19) también es palpable en este contexto:
Si los poderosos de la tierra apelan a las armas para defender a un Estado sin pueblo (Kuwait), los pueblos sin estado (kurdos, armenios, palestinos, judíos de la diáspora) pueden por el contrario ser oprimidos y exterminados impunemente, lo que pone en claro que el destino de un pueblo sólo puede ser una identidad estatal y que el concepto pueblo no tiene sentido más que si es recodificado en el de soberanía. De aquí también el curioso estatuto de las lenguas sin dignidad estatal (catalán, vasco, gaélico, etc) a las que los lingüistas tratan naturalmente como tales, pero que de hecho funcionan más bien como jergas o dialectos y asumen casi siempre un significado inmediatamente político.3
El significado político del que habla Agamben se deshace con el desplazamiento lingüístico y cultural de la colonización, principal propagador del paradeisos (6.10), para revelar nuevamente la dislocación de la relación entre lengua y pueblo. Carolina Sanín al respecto:
Escribo en una lengua que se formó sin ver nada de lo que había en este lado. Hablamos este latín en la selva. En la selva del jaguar, de la guerrilla, del indio quebrantado, de la secuestrada y la araña gigantesca. Escribir en español americano es estar perdido y pedir redobladamente un lugar donde se pueda hablar. Nuestra lengua no es nuestra región ni es región alguna. No comporta una declaración de pertenencia: es un testimonio de exclusión, la huella de la no correspondencia… En esta lengua declaramos que queremos hacer una nueva ley y también librarnos de la ley; lamentamos tener esperanza y saber que no la tenemos. En cada palabra queremos enriquecernos y encontramos otra vez la muerte, como el español en América.
No es madre ni es mundo nuestra lengua, en la que ya se supo como es estar muerto.
Esta lengua es el más allá.4
La lengua que resulta del proceso colonizador no es patria, ni matria, es un umbral (una nueva ley y un librarse de la ley) que revela la fractura entre la cultura y el habla.
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