En mayo del 2006, durante un viaje de trabajo a Nueva York, algo llamó mi atención mientras caminaba de regreso a la oficina por uno de los costados de Zuccotti Park en el Distrito Financiero. Del otro lado de Broadway, en la orilla de la acera había un grupo de hombres y mujeres de rodillas o sentados en loto y vestidos con túnicas blancas que, a la distancia, parecían manchadas de sangre. Nadie parecía reparar en ellos y al cruzar la avenida me venció la curiosidad y me acerqué a ver de que se trataba. La mayoría eran asiáticos y sus caras estaban maquilladas teatralmente para simular moretones y cortadas. Más adelante había tres mujeres encerradas en jaulas cuidadas por hombres vestidos de negro con gorras de policía. Lo primero que vino a mi mente era que se trataba de algún tipo de performance, pero detrás de la hilera de hombres y mujeres había una pancarta azul con grandes letras amarillas que decía Falun Dafa debajo de unos caracteres chinos. Era una protesta. Un hombre joven, occidental, se me acercó y a la vez que me daba un panfleto me preguntó: “¿conoce la difícil situación de los practicantes de Falun Dafa en China?” Negué con la cabeza. Continuó, “los seguidores de Falun Dafa están siendo perseguidos por el Gobierno de la República Popular China por su religión y sus prácticas espirituales, toda la información está aquí”, dijo, poniendo un dedo sobre el panfleto en mis manos y abordando al siguiente transeúnte. El panfleto permaneció doblado en mi morral durante un par de semanas hasta que tuve tiempo de conectarme e investigar un poco sobre el asunto.
Falun Dafa —también conocido como Falun Gong—, es una técnica de cultivación del qi, o energía vital, que surgió durante el llamado boom del qigong que tuvo lugar en la década de los ochentas cuando hubo un aumento masivo en la popularidad de este tipo de prácticas en toda la China. El movimiento, fundado por Lin Honghzhi en la ciudad de Changchun en 1992 se extendió rápidamente por todo el país. En 1998 la comisión nacional para el deporte comenzó una investigación sobre el movimiento y estimó que tenía entre 70 y 100 millones de practicantes, más miembros que el partido comunista chino. Las alarmas se encendieron, en China no hay lugar para la alteridad. El 6 de junio de 1999 se creó una agencia de seguridad llamada Oficina 610, una organización extrajudicial (7.28) para la coordinación e implementación de una persecución del movimiento a escala nacional. Un mes después, el 20 de julio, ocurrieron los primeros arrestos. Como en el caso de los uigures, la mayoría de practicantes de Falun Gong son internados en campos de reeducación conocidos como laogai (de laodong gaizao, “reeducación por medio de trabajo”) donde se les detiene sin juicio por periodos de hasta cuatro años. En los laogai, los seguidores de Falun Gong son sometidos a trabajos forzados en minas, fábricas de ladrillo y granjas para “transformar sus mentes”. Si estas medidas de reeducación no son suficientes, muchos de estos individuos son enviados a una capa aún más profunda del sistema extrajudicial conocida como “cárceles negras” y “centros de lavado de cerebro” donde son sometidos a torturas físicas y psicológicas como terapia de electroshocks, privación prolongada de luz, comida, agua y sueño para lograr que confiesen y renuncien a su fé. Un reporte de las Naciones Unidas estima que practicantes de Falug Gong representan el 66 % de las víctimas de tortura estatal en China.
En el 2006, el mismo año que vi la manifestación en Manhattan, el abogado de derechos humanos canadiense David Matas y el ex-secretario de estado de Canadá David Kilgour presentaron un reporte en el que encontraron que «la fuente de 41.500 trasplantes [en China] para el período de seis años de 2000 a 2005 es inexplicable» y presentaron evidencia de que «el aumento de los transplantes de órganos en China es paralelo al aumento de la persecución de la Falun Gong»1. De ser cierta la argumentación de Matas y Kilgour, estaríamos ante el sistema más extendido de recolección y extracción de órganos en la historia, una “fábrica” de órganos que transfiere vida de la zoé del prisionero al bios del ciudadano contribuyendo así a la “salud del estado”.
Este sistema, cabe aclarar, marcaría la consolidación definitiva de la deshumanización del otro que empezó con el gulag soviético y los lager nazis. Más allá de los “experimentos científicos” de Josef Mengele y las atrocidades de la Unidad 731 durante la ocupación japonesa a Manchuria, los cuerpos y órganos de los prisioneros de consciencia de Falun Gong no son, a los ojos del gobierno chino, mas que un repositorio de partes, repuestos para la ciudadanía.
- David Matas and David Kilgour, “Bloddy Harvest: Revised Report into Allegations of Organ Harvesting of Falun Gong Practitioners in China,” http://nereja.free.fr/files/Appendices-200701%5B1%5D.pdf ↩︎
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