§ 7.30. Gusano

El gusano, novela del género new weird del escritor colombiano Luis Carlos Barragán, nos presenta un mundo en donde la interpenetración de los cuerpos se vuelve inevitable luego de un misterioso evento. En ella la piel se ha convertido en una frontera permeable y la gente puede cruzarse, traspasarse, penetrarse y fusionarse entre sí adquiriendo características físicas y psíquicas de otras personas. Muchos se entrelazan y sienten la ausencia del otro, u otros, con quienes se han fusionado, como la ausencia de algo propio; una hermosa metáfora del amor perdido y la comunión religiosa.

En una de las escenas más inquietantes de la novela vemos a una gigantesca figura saliendo del mar a una playa griega cercana al sitio de naufragio de un barco de refugiados sirios. 

Los que siguieron en la playa pudieron ver como emergía, caminando lentamente, un gigante de un tamaño como nunca se había visto antes. Un humanoide de más de cinco metros de alto, musculoso, firme, caminando no como un atleta, sino como una criatura cansada. Un vistazo más cercano, con cámaras semi-profesionales, mostró que su cuerpo estaba compuesto de muchos cuerpos. Piel de muchos formaban su piel, tal vez por eso tenía tantas tetillas y zonas con vello en lugares inusuales, cabelleras de mujer siria saliendo del codo, tetas y brazos alineados en las nalgas, piernas atadas que parecían un montón de lápices amarrados con un caucho, un racimo de testículos y penes que parecían pequeños bananos […] Cuando la criatura estuvo más cerca fue curioso ver que otras especies hacían parte del gigante: pescados, corales y pulpos. Las criaturas estaban incrustadas entre los codos, de las arrugas asomaban tentáculos, de las axilas salían aletas de pescado […] Las propiedades de unos se mezclaban con las de otros. Los pescado podían respirar aire por primera vez  y no temían estar afuera: este gigante era anfibio. Sus enormes y voluminosas piernas, repletas de volúmenes extraños, como una colección de rodillas y talones en lugares insólitos, captó la atención de los bañistas. Algunos aterrorizados, y otros no tanto, tomaron fotografías en cada ángulo. El gigante que parecía exhausto, mencionó con una voz de múltiples tonos simultáneamente algunas palabras en árabe: Awez(a) Akol Haga, Ana Gaen(a) Awi, que grabadas por los celulares y traducidas, significaban: “Quiero comida” o “tengo hambre” con alteración de género.1

Barragán condensa en una única y poderosa imagen la idea del otro y su relación con lo ominoso (0.24, 7.6). Vapuleados por el mar y entregados a los horrores de los superpoblados asentamientos provisionales del mediterráneo, los refugiados se convierten en la encarnación misma de aquello «familiar de antiguo a la vida anímica, [y] sólo enajenado de ella por el proceso de represión», un gigantesco amasijo de los cuerpos de los olvidados, la suma de los otros, humanos e animales, que exhaustos claman por comida. Como el frontispicio de Leviatán (1.9, 1.14), esta imagen reproduce en la misma escala que la del soberano el cuerpo social en su verdadera cara, sin las máscaras con que la modernidad, incapaz de lidiar con esta figura, ha querido maquillarla.

Esta imagen recuerda a otro versículo del mismo capítulo de Job que Hobbes usa para describir a su soberano:

Cuando él [el otro] se levanta, los poderosos tiemblan; a causa del estruendo quedan confundidos.2


  1. Luis Carlos Barragán, El gusano, 95-96. ↩︎
  2. La Biblia de las Américas. 41:25 ↩︎

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