§ 8. La maquila y la zona sacrificada 


Una topología de la excepción económica 

VOCES DESDE ADENTRO: ¿De qué vive el hombre?

JENNY: Sí, ¿de qué vive, pues? De lo que a diario engaña, 

muerde, mata y consigue robar. Y así podrá vivir: 

si bien del todo logra olvidar que aún un hombre es.

CORO: Señores, no se hagan ilusión, el hombre 

sólo vive haciendo el mal.

Bertolt Brecht y Kurt Weill, La ópera de tres centavos

A principios de los años noventa, cuando Colombia aún pasaba por las fases iniciales de su apertura económica, mis padres y yo solíamos vacacionar en San Andrés y Providencia. Ubicadas  en la costa caribe de Nicaragua, estas islas han cambiado de manos desde su descubrimiento a principios del siglo XVI para luego ser disputadas por las coronas de España, Inglaterra y Francia (e incluso por el Primer Imperio Mexicano), hasta que la firma del tratado Esguerra-Bárcenas en 1928 le diera control del archipiélago a Colombia. San Andrés ha sido un centro turístico y comercial desde que en 1953 el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla lo declarara puerto libre, razón por la cual muchas familias de clase media viajaban a las islas a comprar artículos de consumo —principalmente electrodomésticos, perfumes y ropa importada—, que no se conseguían en el continente. 

Un día, mientras caminábamos por el malecón, mi padre —un ávido jugador de tenis—, quizo que entráramos a una tienda de artículos deportivos. Mi vena estética terminó por ganarme y casi de inmediato me enamoré de un uniforme Nike de Andre Agassi que traía una camiseta polo de mangas negras con la parte superior del pecho verde azulado y una franja de rayas diagonales de color verde fosforescente, una pantaloneta negra y unos tenis que tenían una M verde fosforescente trazada en el costado sobre la que iba el famoso logo de Nike. Le rogué a mi madre para que me lo comprará y, sorprendentemente (por entonces su política al salir de compras era “solo te voy a comprar comida o libros”, es decir, justo lo que no me interesaba), accedió casi de inmediato. Estaba en el cielo, solo me faltaba la bandana (y el mullet) de Agassi. Al llegar al hotel me percaté de que las tres prendas habían sido fabricadas en diferentes lugares del mundo, de la pantaloneta no tengo recuerdo, pero la camiseta venía de Camboya y los tenis de China. Esa noche mientras paseábamos por el malecón buscando un lugar para comer repasé mis lecciones de geografía y me imaginé un barco llevando mi ropa en containers desde Asia y pasando por el canal de Panamá hasta el mar Caribe. Pasaría casi una década hasta que volviera a preguntarme, ya en la universidad, por qué aunque viviera en un país con una robusta industria textil la mayor parte de mi ropa venía de lugares remotos.

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