A medida que nos acercábamos al final del siglo XX,
los ricos se hicieron más ricos, los pobres más pobres,
y la gente en todas partes tenía muchas menos pelusas,
gracias a los rodillos quita pelusa hechos en mi ciudad
natal. Realmente era el amanecer de una nueva era.
Michael Moore, Roger & Me
«Flint, Michigan, nuestra ciudad natal», dice Michael Moore al inicio de su documental Roger & Me al son de una optimista tonada comercial de los años cincuenta, «fue el lugar de nacimiento de General Motors, la mayor corporación del mundo. Había más fábricas de automóviles y trabajadores de automóviles aquí que en cualquier otra ciudad del mundo. Construimos Cadillacs, Buicks y carrocerías Fisher, camiones GM, Chevrolets y bujías AC. Disfrutamos de una prosperidad que la clase trabajadora no había visto nunca antes. Y la ciudad estaba agradecida a la compañía». Esta versión particular del sueño americano duró hasta que en 1986 General Motors decidió cerrar once fábricas de la compañía en Detroit, Pontiac y Flint, y despedir a miles de personas para mover sus operaciones a México donde solo pagaban 70 centavos de dólar la hora. En realidad este duro despertar se veía venir desde hacía años: en el lapso de 1978 y 1992 General Motors redujo su fuerza de trabajo de 80.000 a 50.000 personas.1 Para 2015, General Motors solo empleaba entre 5.000 y 7.500 personas alrededor de Flint, menos del 10 por ciento que en la edad dorada de la industria automovilística. Atrás quedaron los días en los que Flint estaba agradecida con la compañía y la compañía podía decir: “lo que es bueno para General Motors es bueno para el país.”
Si tomamos las políticas de GM como el inicio de un nuevo enfoque a la producción industrial, no era solo México quien iba a llevar la peor parte en el Tratado de Libre Comercio, los Estados Unidos y Canadá también iban a tener que pagar un precio. La excusa de los capitanes de la industria: productividad y competitividad. Para finales de los años setenta, con nuevas ofertas provenientes de Japón y Alemania, empezaba a ser claro que mantener una presencia robusta en el mercado mundial de automóviles requería cortar costos de operación donde fuera posible. Esta circunstancia fue el resultado directo del Plan Marshall que Estados Unidos puso en marcha luego de la Segunda Guerra Mundial para ayudar a la recuperación económica de los territorios devastados por la guerra. Dicha inversión hizo que la industria japonesa y alemana creciera durante la posguerra hasta desembocar en una sobreproducción que hizo que bajaran los precios de los productos manufacturados. Para mediados de los sesenta, dice el filósofo canadiense Nick Srnicek, «la manufactura estadounidense, en términos de precios, se veía socavada por sus competidores japoneses y alemanes, lo que llevó a una crisis de rentabilidad para las firmas nacionales. Los altos costos fijos de los Estados Unidos simplemente ya no podían vencer a los precios de sus competidores»2. La austeridad se convirtió en un elemento indispensable de la cultura corporativa.
Por otra parte, hacia mediados de la década de los ochenta una nueva tendencia de gestión se impuso en la cultura empresarial norteamericana, a saber «que las empresas de éxito deben producir ante todo marcas y no productos»3. Así, a medida que invertían cada vez más dinero en estrategias de branding cada vez más costosas muchas compañías —como Nike, Tommy Hilfiger, The Gap, Hanes y Levi’s, para nombrar algunas—, decidieron reestructurar su operación y subcontratar la manufacturación de sus productos a fábricas en Asia que imitaron el modelo de las maquiladoras mexicanas. Para esta nueva visión corporativa la manufactura «no es la piedra fundamental del imperio de las marcas, sino una tarea fastidiosa y marginal»4 que debe ser apartada del ojo público. La marginalidad de la producción en conjunción con el carácter de campo inherente al modelo económico surgido de las maquilas (8.4), como se les conoce informalmente, nos permite apreciar que lo que tuvo lugar a partir de los años sesenta fue la progresiva guetificación del sector de la manufactura a una escala global.
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