En septiembre del 2020, un par de meses antes de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, Michael Cohen, ex-abogado personal de Donald Trump, reveló en su libro Disloyal: A Memoir que el entonces presidente había descrito a Barack Obama como un “candidato manchuriano” y que había contratado a un actor afroamericano —desde entonces conocido como Fauxbama—, para grabar un video en el que «menospreciaba ritualmente al primer presidente negro para luego despedirlo».
Poco tiempo después una copia del video apareció en internet. Grabado en el estilo de The Apprentice, el reality show presentado por Trump, el video mostraba a Fauxbama llegando a una cita en Trump Tower, en la que Trump examina su desempeño como presidente, su falta de experiencia en los negocios y su mal juego de golf. (Nótese cómo todo lo que supuestamente le falta a Obama —perdón, a Fauxbama—, es lo que supuestamente tiene Trump). La entrevista termina con la payasada que cimentó la presencia de Trump en los medios.
El hecho es que el pueblo estadounidense quiere resultados. Presidente Obama, está despedido.1
Originalmente programado para emitirse en la Convención Nacional Republicana del 2013, el video fue cancelado a última hora por los jefes del partido por resultar demasiado controversial y políticamente incorrecto. El umbral producido por el video de Fauxbama nos permite ver la indistinción entre la (tele) realidad y la vida real que estaba a punto de engullir la política no sólo en los Estados Unidos. Una pequeña muestra de lo que estaba por venir.
Con Fauxbama, vemos el inicio de una nueva transformación del lugar terrible. Así como Bertolucci y Polanski crearon lugares de excepción tomando como excusa a la libertad artística (3.3.1, 3.3.2) y Reznor transformó un locus terribilis en un lugar de producción cultural (3.3.3), Trump extendió el umbral terrible de telerrealidad al circo de la política-pop, magnificando su potencial desorientador y desestabilizador a niveles que solo ahora empezamos a comprender. Si le sumamos a esta situación la influencia de las redes sociales, nos hallamos ante una fragmentación radical de la opinión pública. Este ruido mediático apunta a la desaparición de lo público como espacio de interacción social y política y, por tanto, a una despolitización de la sociedad. (0.19)
Así pues, la desaparición de la polis como locus de las interacciones humanas no solo está atada a una soberanía voraz que pretende borrar todo rastro de bios para tratar solo con la zoé — como en el caso de un campo o una maquila—, también está relacionada con el voyeurismo mediado y la desaparición de la privacidad, que traen consigo una inevitable erosión de la esfera pública.
- Eilish O’Sullivan, “Trump’s ‘Faux-Bama’ video emerges” Dailydot, Sep 6, 2020, https://www.dailydot.com/debug/faux-bama-video/ ↩︎
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