He visto mucha gente expresar sus emociones, abrir su corazón en línea. Yo también lo hice. Hasta que me di cuenta que me estaba mercantilizando. Mercantilizar significa convertir algo en un producto con un valor monetario. En el siglo XIX las mercancías eran producidas en fábricas por trabajadores en su mayor parte explotados. Pero ahora era yo la que convertía mis pensamientos mas íntimos en mercancías, para que las corporaciones dueñas de los foros en las que se publicaban las vendieran a otras entidades de mercancías/consumidores como entretenimiento.
Carmen Hermosillo, Alias Humdog, Pandora’s Vox: On Community in Cyberspace (1994)
Según el marxismo autónomo, con el surgimiento de las economías de conocimiento (10.9), tienen lugar un número de cambios en la esfera económica. En primer lugar, el trabajo inmaterial se convierte en la base de la producción capitalista. En segundo, el “trabajador masa” (nombre que Negri, Panzieri y Tronti le dan al trabajador de la fábrica fordista) es reemplazado por un “trabajador socializado” cuya producción es mayormente afectiva, cultural e intelectual. Y en tercero, la fábrica se hace difusa y empieza a cubrir toda la sociedad. Este nuevo tipo de fábrica, argumentan los autonomistas, es posible porque las tecnologías de información y comunicación permiten que esta “se difunda por la sociedad, desterritorializando, dispersando y descentralizando sus operaciones”.1 El resultado en una “fábrica sin muros” habitada por los nuevos trabajadores socializados que son fáciles de explotar.
El concepto autonomista de la “fabrica difusa” coincide con la sublimación de los muros del parque de cacería en las esferas de lo legal (7), económico (8) y mediático (9) y su consolidación digital en el paradeisos virtual (10). En nuestro tiempo, la expresión más representativa de esta fábrica difusa son las redes sociales. Para entender el funcionamiento de estas como “fábricas sin muros” es esencial entender la definición de trabajo inmaterial de los autonomistas. Este nuevo tipo de labor comprende los dos polos de los trabajos surgidos de las economías de conocimiento: «“el contenido informacional de la mercancía,” y el trabajo afectivo que produce el “contenido social y cultural de la mercancía”».2 Es este último tipo de trabajo afectivo (nuestras vidas) el que todos nosotros, trabajadores socializados, hacemos al producir contenido en redes como Facebook o Instagram. Dicho trabajo procede a ser mercantilizado como publicidad o transformado en comunicación afectiva dirigida a consumidores potenciales a través de interacción social [en línea].3 Estas actividades constituyen el 90% de los ingresos de una red como Facebook (que para el cuarto trimestre de 2013 ya alcanzaban los 2.585 mil millones de dólares), y por la que los usuarios no reciben ninguna compensación.
Fue esta cuestión la que me hizo salirme de Facebook hace ya ocho años. En efecto, la anécdota que narré en el punto 5.17, en la que un amigo parecía patrocinar una reconocida marca de barras chocolate, es una de las estrategias de trabajo socializado de Facebook en la que esta red social usa
la interacción del usuario con la página de una marca para dirigirse a los miembros del resto de la red social de dicho usuario que aún no se han conectado con dicha página, pero que han expresado intereses e interacciones que encajan con el grupo demográfico objetivo de esta.4
Esta forma de trabajo afectivo nos hace prisioneros de una dinámica capitalista que transforma la interacción social y la experiencia interior en dinero a la vez que nos convierte en mano de obra gratuita, en los esclavos inconscientes de un modelo económico empeñado en exprimir hasta la última gota de su materia prima para seguir acumulando riqueza. Una maquila de trabajo afectivo para la clase media global.
El tema aquí no es que deberíamos ser compensados por nuestro trabajo inmaterial, sino que, además de ser la materia prima del capitalismo de vigilancia, también somos los trabajadores inconscientes, “socializados”, de un sistema que nos esconde su lógica de acumulación y valorización tras una muralla de código. Como un vórtice, el capitalismo de vigilancia absorbe nuestra energía emocional convirtiéndonos en materia prima, en mano de obra y en producto; mercancía de principio a fin.
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