§ 10.23. Pandemia

And then came a sound, distant at first, it grew into castrophany

So immense that it could be heard far away in space

There were no screams, there was no time

The mountain called Monkey had spoken

There was only fire, and then… nothing

Gorillaz feat. Dennis Hopper, Fire Coming Out of the Monkey’s Head

Y entonces llegó la pandemia. 

En las primeras semanas de confinamiento obligatorio en marzo del 2020, un vecino del otro de la calle pegó un cartel a su ventana que decía “todo va a estar bien”. En el abatimiento y la zozobra del momento solo pude pensar que tal afirmación —una ominosa sobrecompensación—, en vez de tranquilizarme me suscitaba justo lo contrario: “todo va a seguir empeorando”. Un tiempo después me enteré de que en las primeras semanas de pandemia, en el ancianato que queda justo en frente de mi edificio, murieron nueve pensionados. Mientras dejábamos de ver a nuestras familias y amigos y esperábamos algún alivio a la situación, el confinamiento intensificó enormemente nuestra huella digital (digital footprint), y aplicaciones como Zoom y Google Meet empezaron a generar una enorme cantidad de excedente conductual que sigue siendo usado en nuestra contra. Alphabet, la empresa matriz de Google, vio un aumento del 34% en ingresos, comparado con el año anterior; para el primer trimestre del 2021 Amazon tuvo ganancias del 220% comparadas con el mismo periodo del 2020.

A la idea del mundo como un laboratorio conductista (10.8.3, 10.12) se le sumó la necesidad de controlar los flujos de gente para evitar y controlar el contagio. A medida que las tecnologías de datos desarrolladas por el capitalismo de vigilancia son aplicadas a este proyecto, la nueva forma de zoé digital (10.8) se une a la zoé cultivada por los poderes políticos en una forma de nuda vida que cubre al humano como una entidad biológica y como un ser consciente y vivencial. China, por ejemplo, impuso un estricto sistema de códigos QR para hacer un seguimiento riguroso de los movimientos de todos sus ciudadanos para evitar que el contagio copara la capacidad médica del país. Otros líderes también han aprovechado la pandemia para declarar estados de excepción que les permiten arrogarse poderes extraordinarios, consolidarse o perpetuarse en el poder y reprimir y perseguir a periodistas, disidentes y enemigos políticos. El Primer Ministro israelí Benjamin Netanyahu declaró un estado de emergencia, cerró las cortes y permitió que las fuerzas del estado rastrearan a las personas que violaban la cuarentena por medio de sus celulares. En el Salvador el congreso aprobó la petición de poderes de emergencia del presidente Nayib Bukele que limitaban la libertad de expresión y reunión; muchos de sus detractores se han quejado que la subsecuente militarización de la sociedad salvadoreña responde más a motivos políticos que sanitarios. Camboya, Hungría, Azerbaijan, Turquía, Uganda y Serbia, entre muchos otro países, han declarado estados de excepción sin fecha límite. 

La pandemia solo ha intensificado una tendencia que según Giorgio Agamben ha caracterizado al siglo XX: 

Los decretos-ley constituyen a tal punto la forma normal de legislación que han llegado a ser definidos “esbozos de ley reforzados por urgencia garantizada” […] esto significa que el principio democrático de la división de los poderes hoy se ha devaluado, y que el poder ejecutivo ha de hecho absorbido, al menos en parte, al poder legislativo. El parlamento no es más el órgano soberano al que corresponde el derecho exclusivo de obligar a los ciudadanos a través de la ley: se limita a ratificar los decretos emanados del poder ejecutivo.1

Mientras escribo estas líneas Colombia (mayo del 2021) entra en el séptimo día de un paro nacional provocado una reforma tributaria aparentemente diseñada para arruinar las perspectivas laborales de la juventud y machacar a la clase media. Hay ciudades con desabastecimiento de alimentos y cientos de heridos, muertos y desaparecidos a manos de la policía. El Centro Democrático, partido al que pertenece el presidente Iván Duque, elevó una solicitud para aplicar el artículo 213 de la constitución de Colombia con el que se declara un estado de conmoción interior que le da poder al ejecutivo para emitir decretos legislativos. Todo esto en medio de una pandemia.

Mientras las manifestaciones y disturbios se toman las calles, una amenaza considerablemente más sutil ha pasado desapercibida para muchos. En la última semana de abril del 2021 el congreso aprobó el proyecto de código electoral que le daría nuevos poderes a la Registraduría Nacional para obtener control total y exclusivo, y no solo electoral como hasta ahora, de la identificación y autenticación de todos los datos biométricos de los colombianos.2 Dicho proyecto, han advertido abogados y organizaciones civiles, podría ser el paso previo para la creación de un monopolio estatal de datos que incluye diferentes métodos de biometría como reconocimiento facial, de voz y huellas dactilares, que se acerca peligrosamente a iniciativas de regímenes totalitarios. 

Esta cacería y almacenamiento estatal de datos biométricos anuncia la aparición de otro paradeisos más, un nuevo lugar terrible que controla y rastrea nuestros movimientos a escala planetaria. Las propuestas de un pasaporte-COVID son la principal iniciativa en este respecto. Por supuesto, se requiere un balance entre el control estatal de los datos biológicos e inmunitarios y la prevención del contagio, ¿pero hasta dónde estamos dispuestos a ceder ante gobiernos que claramente buscan el control absoluto sobre la vida en su aspecto natural, solo para despreciarla y lanzarnos a los perros corporativos para los que somos materia prima, o combustible en el mejor de los casos?

Absorbido por mi lugar terrible, vagando los breves confines del privilegio de mi propio parque virtual de cacería, le dedico un rato a un ejercicio de hauntología.3 Repaso uno de los pasajes más bellos de Vicio propio, de Thomas Pynchon:

… Pero no hay manera de eludir el tiempo, el mar del tiempo, el mar del recuerdo y el olvido, los años de esperanzas, perdidos e irrecuperables, de esta tierra a la que casi se le permitió reclamar su mejor destino, sólo para que se lo arrebatasen los mismos malvados de siempre, y se viera arrastrada y secuestrada en el futuro en que debemos vivir ahora para siempre. ¿Hemos de confiar en que este bendito barco se dirija a una costa mejor, a una Lemuria que no se haya hundido, emergida y redimida, donde el destino americano, misericordiosamente, no haya sucedido…?4

¿Podremos en algún momento abandonar las consecuencias, el futuro que nos legó el llamado “siglo americano” y regresar a un mundo y un pasado que jamás existieron? Y aún mas importante, ¿cómo podríamos salir de un lugar que no es tal, un locus que es una penumbra, un umbral en el que no pudimos haber “entrado”? (0.8)

Realmente hemos hecho un improbable hogar de este terrible umbral.


  1. Agamben, Estado de excepción, 50. ↩︎
  2. Jerson Ortiz, “El monopolio de la Registraduría sobre los datos biométricos asusta a gremios y ONG”, La silla vacía, mayo 3, 2021, https://lasillavacia.com/monopolio-registraduria-sobre-los-datos-biometricos-asusta-gremios-y-ong-81297 ↩︎
  3. Portmanteau de Haunt y ontology acuñado por Jacques Derrida en Espectros de Marx, que ha sido interpretado como la persistencia del pasado como fantasma. Según Colin Davies, la hauntología «reemplaza la prioridad del ser y de la presencia con la figura del fantasma como lo que no está presente, ni ausente, ni muerto ni vivo», (“Hauntology, spectres and phantoms,” French Studies, Volume 59, Issue 3, July 2005, Pages 373–379) es decir, como un umbral que puede hacer referencia a la nostalgia de pasados inexistentes y los futuros perdidos. ↩︎
  4. Thomas Pynchon, Vicio propio, 341. ↩︎

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