En ocasiones la penumbra que abordamos en el post anterior se representa con la forma de un laberinto o, en su defecto, de una espiral, que es su símbolo primigenio, su forma más simple. El laberinto, nos dice Juan Eduardo Cirlot, «simboliza el inconsciente, el error y el alejamiento de la fuente de la vida»,1 se trata de una representación horizontal de la catábasis, el descenso a los infiernos.
Pero resolver un laberinto radica no solo en llegar al centro, el truco está en salir de él. El descenso es solo una de las polaridades de una espiral/laberinto, que también presenta una anábasis, o ascenso al mundo de la vigilia mediante el viaje del centro a la periferia. La Anábasis de Jenofonte (0.3), también conocida como La expedición de los diez mil, narra la retirada de un ejército de mercenarios griegos que luego de la derrota de Ciro el Joven deben huir desde el centro del imperio Persa hasta su periferia, el Mediterráneo.
Las dos polaridades implícitas en la espiral/laberinto están representadas en los mitos de Aracne y Ariadna, la primera una experta tejedora que osó alardear de ser más diestra que Atenea y que, luego de ser humillada en una competencia con la diosa, fue transformada en araña y obligada a tejer y destejer su telaraña perpetuamente (catábasis); y la segunda, hija de Minos y princesa de Creta que ayudó a Teseo a derrotar al Minotauro y huir del centro del espiral/laberinto/telaraña con la ayuda de un ovillo de hilo que le indicó el camino al exterior (anábasis). Un laberinto se recorre trazando una espiral de afuera hacia adentro y luego de adentro hacía afuera, como Aracne, o se deshilvana halando el espiral del centro a la periferia, como Ariadne.
- Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, 274. ↩︎
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