Dante abre La Divina Comedia con estas palabras:
En medio del camino de la vida, errante me encontré por selva oscura, en que la recta vía era perdida.1
Si en ocasiones el mundo invisible está más cerca de lo que pensamos y no hace falta una travesía para llegar a él, es porque lo único que se necesita es extraviarse. Perder el camino es enrevesado y fácil, tan fácil como dejarse ir en un sueño. Encontrarlo y volver a la luz es lo verdaderamente difícil. Virgilio, guía de Dante en su catábasis, confirma esta idea cuando hace que la Sibila de Cumas le advierta a Eneas:
Descendiente de la sangre de dioses, troyano, hijo de Anquises, fácil es la bajada al Averno, día y noche está abierta la puerta del negro Dite [Plutón]; pero retroceder y restituirse a las auras de la tierra, esto es lo arduo, esto es lo difícil; pocos, y del linaje de los dioses, a quienes fue Júpiter propicio, o a quienes una ardiente virtud remontó a los astros, pudieron lograrlo.2
El valle lúgubre que Dante describe en el primer canto de la Divina Comedia tiene todos los rasgos del locus terribilis: es un descenso a una selva áspera, espesa y salvaje que produce un pavor indecible. El carácter inconsciente de este estado intermedio entre la vigilia y la inconsciencia es evidente unas líneas más adelante:
No podría explicar como allí entrara,
tan soñoliento estaba en el instante
en que el cierto camino abandonara.
Llegué al pie de un collado dominante,
donde aquel valle lóbrego termina,
de pavores el pecho zozobrante;
miré hacia arriba, y vi ya la colina
vestida con los rayos del planeta,
que por doquier a todos encamina.
Entonces, la pavura un poco quieta,
del corazón el lago, serenado,
pasó la angustia de la noche inquieta.
Y como quien, con hálito afanado
sale fuera del piélago a la riba,
y vuelve atrás la vista, aun azorado;
así mi alma también, aun fugitiva,
volvió a mirar el temeroso paso
del que nunca salió persona viva.3
En estas líneas encontramos la nekyia marítima representada en la metáfora del hombre que sobrevive el mar nocturno y sale a la orilla; su somnoliento estado al llegar al valle confirma el carácter inconsciente de su extravío. El locus terribilis es la penumbra que está a unos pasos de nuestra consciencia, más allá de ella hay toda una región poblada de personajes familiares. Ericto, la bruja tesalia que predijo la derrota de Pompeyo y el eventual asesinato de Julio César, está en el círculo de los herejes donde yace en una tumba ardiente (0.4). Bajo la mirada moralizante del cristianismo la nigromante ha sido reunida con los poderes del infierno.
Ahora, si nuestra cultura se ha afincado indefinidamente en el umbral entre nuestro mundo y el mundo inferior, en un locus terribilis, la pregunta es la siguiente: ¿cómo se podría salir de un lugar que no es tal, un locus que es una penumbra, un umbral al que realmente no se puede “entrar” y en el que, por lo tanto, no se puede “estar”?
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